Despertarse con dolor en el pecho y no saber si es la gripa o la circulación o la tristeza o todo al mismo tiempo.
Qué quien escucha no lo haga hasta el final sino que arme su propia versión de acuerdo a aquello que imagina antes de haber escuchado.
Querer estar solo o con alguien que pueda vivir la soledad junto a uno y sin embargo verse rodeado de gente, comentarios e historias cliché. Mostrar la máscara social mientras se quiere estar solo.
Amar demasiado y recibir una sonrisa cada varios días.
Creer que hay un puente para llegar a alguien. Cruzarlo con expectativa para encontrar a ese alguien mirando hacia otro lado.
Olvidar la letra de una canción en el momento menos propicio
Crear el poema más hermoso del mundo mientras va uno en Transmilenio y luego olvidarlo en el momento de querer escribirlo.
Llegar de un viaje y que el recibimiento sea un: te estaba esperando para que ayudaras a sacar la basura.
Esperar un hermoso amor durante un año para que luego se vuelva un final tranquilo y aburrido
martes, 29 de octubre de 2013
sábado, 28 de septiembre de 2013
El encanto de las notas
Un amigo me decía que los niños chinos deben empezar a escribir un diario a eso de los cuatro años. O al menos, así lo tuvo que empezar a hacer su hijo, mitad chino, mitad colombiano; aunque nacido en China.
Pareciera que ese país sigue siendo más una cultura escrita a pesar de que el mandarín ya es obligatorio. Antes, "tocaba escribir o escribir para entenderse entre provincias", me decía el papá de una amiga que emigró de Cantón a Beijing. Otra anécdota que me contaron es la de un funcionario de la Embajada de México que decidió salir solo en su carro y perdió el camino del lugar a donde iba. Intentó preguntarle a un hombre chino que montaba en bicicleta; este lo único que hizo fue escribir algo en un papel, entregárselo e irse. El funcionario,desilusionado, decidió volver a la embajada. Cuando alguien le tradujo los caracteres del papel, resulta que decían algo así : Querido y apreciado extranjero: iré a buscar a alguien que lo pueda ayudar mejor que yo. Le pido que por favor tenga la amabilidad de esperarme.
Todo este rodeo lo he dado solo para hablar de la escritura, no como periodismo o mejor dicho, no como escritura publicable, sino la escritura de notas para uno mismo o para otros, sin ningún fin económico. Recuerdo que una vez fui a la exposición de un artista argentino cuyas obras fascinantes estaban compuestas por pedazos de notas escritas, esas que se hacen casualmente en cualquier lugar, en la mano o en la parte de atrás de un cuaderno.
El otro día me di cuenta de que la mitad de la biblioteca familiar (mi mamá y yo) está compuesta por notas. Notas de las que a veces no nos queremos deshacer.
Mi abuela fue la primera persona que me enseñó a escribir a los cuatro años en letra cursiva. Cuando falleció, encontré muchas notas cotidianas relacionadas con diversos asuntos familiares. Y en otros cuadernos, los teléfonos de sus amigos con quienes se mantenía en contacto estrecho. Guardé una de ellos, por pura nostalgia.
Mi abuela fue la primera persona que me enseñó a escribir a los cuatro años en letra cursiva. Cuando falleció, encontré muchas notas cotidianas relacionadas con diversos asuntos familiares. Y en otros cuadernos, los teléfonos de sus amigos con quienes se mantenía en contacto estrecho. Guardé una de ellos, por pura nostalgia.
Yo antes acostumbraba a ser más estricta con mis diarios: uno para las experiencias tipo "conocí a mi príncipe azul", otro para los apuntes de citas tomadas de libros, otro para intentos de cuentos, poemas, otro para periodismo, otro para el viaje, etcétera. Y cuando se me perdía uno de ellos podía verme a punto de enloquecer porque a cada uno debía pertenecer un cierto tipo de escritura.
Últimamente, aunque todavía estoy obsesionada por cierto orden en mi cerebro, he descubierto que la magia de los cuadernos y libretas es transformarse. ¿Por qué no pasar de los apuntes personales al apunte tomado de una revista y de ahí a cualquier palabra que se escuchó en la calle? Tengo también uno de dibujos con cuentos cortos que se convirtió en sede de poemas mediocres. El diario de apuntes personales lo conservo aun, pero de vez en cuando paso del español al chino, así varía un poco.
Cuando estuve en China lleve un diario y hojas de notas. Antes de regresar, duré noches enteras transcribiendo papelitos que solo me servirían a mí después. Especialmente, cuando me despierto de mal humor, busco mi diario y evoco la sensación de la mañana allí o me río con un chiste que alguien me contó un día y quedó registrado.
He escrito pocas notas pfísicas para otros, quizá para aquellos con quienes he mantenido una estrecha amistad o de quienes me he enamorado en algún momento de mi vida.
Las notas tienen otra cosa y es que se van desechando y van volviendo. Un día las miramos con amor y otro día se van directo a la caneca de la basura.
Lo que puedo decir es que he podido despegarme de personas, libros y lugares; pero no de muchas de mis notas, consuelo en la soledad y a la vez mi posible perdición porque ¿no debería uno vivir del todo en vez de robarle un pedazo a la vida para convertirla en palabras y evocaciones?
"He leído con frecuencia que las palabras traicionan al pensamiento, pero me parece que las palabras escritas lo traicionan todavía más".Yourcenar en Alexis o el tratado del inútil combate.
viernes, 27 de septiembre de 2013
Después del placer
¿Habrá algo más estridente, divertido y absurdo que el barrio Restrepo? No creo que haya otro lugar donde se encuentren mejores desayunos, en especial, los humeantes pandebonos. Pero hablemos más bien de los edificios porque parece que no hubiera nada inalcanzable en sus ofertas; como los moteles con su especial retoque de rosados, morados, plateados y amarillos pollito; con sus puertas de media luna y sus típicos pinos en la entrada ¿Vegetación e invitación a la lujuria? Los nombres, cuyos temas rondan entre las brisas marinas y suaves, dominan el frente antes de ingresar a las calles comerciales donde se encuentra de todo. Me refiero a que si alguien necesita un par de zapatos, unas gafas, un vestido; o si de pronto, en medio del placer, se le despegó una muela o le dio un dolor de cabeza; a la vuelta encontrará las tiendas, la odontología y las EPS. Iglesias para el arrepentimiento, bancos, tiendas naturistas, restaurantes vegetarianos, asaderos de pollo, bares, venta de artículos de cuero; todo se extiende hacia el occidente de los moteles.
La imagen que más me causa risa de Restrepo y sus alrededores es la que veo cuando voy por la avenida Caracas hacia mi casa. Primero un motel iluminado con varios carros al frente, luego varias tiendas de lechona y por último, el aviso gigante en un muro que ocupa toda la cuadra: PROFAMILIA.
La imagen que más me causa risa de Restrepo y sus alrededores es la que veo cuando voy por la avenida Caracas hacia mi casa. Primero un motel iluminado con varios carros al frente, luego varias tiendas de lechona y por último, el aviso gigante en un muro que ocupa toda la cuadra: PROFAMILIA.
jueves, 26 de septiembre de 2013
Los que un día entraron
A la
hora que podemos llamar noche (no gozamos de la estación de verano hasta las
doce) la oscuridad invasiva deja a los pasajeros acurrucados sobre las sillas
como niños; cabecean en sus inmensas soledades y pesadillas de cansancio. Y en
medio de la confusa bruma en que nos sumergimos quienes despedimos el día y
cuyas esperanzas residen por completo en una almohada caliente; aparecen unos
hombres de jeans y camisa, con los pantalones caídos, a veces; con las gorras
ladeadas, de pronto; y con equipos de
sonido en las manos, nos obligan a dejar la somnolencia y el libro y nos
sumergen en su rap hecho de trozos de TLC, Jesucristo, sonrisa, el dinero no lo es todo, paras,
falta de educación, vicios regenerados, calles a las que volvió la luz,
explotación y miseria.
Prefiero todavía, la improvisación reposada,
aquella que toma las noticias del día y las vuelve música, al tiempo que
intercala diálogos con nosotros, los ya sonámbulos alegres de la negrura
bogotana.
Prefiero
todavía cuando sube una pareja; el contraste de sus voces me saca de la
introversión de mis libros.
Prefiero
todavía, escuchar sin escucharlos, y más bien volver a reconocerme en las caras
de los hermosos semidormidos del Transmilenio.
Entonces
uno saca tantas monedas y las puertas se
abren y los chicos de jeans desaparecen mientras cada uno de nosotros vuelve a
poner los ojos en su punto fijo; mientras con el movimiento, el tiempo avanza o retrocede y cada uno de
estos seres se vuelve un cualquiera, un rapero más que subió un día y desaparecerá
en algún recoveco de la propia memoria.
sábado, 31 de agosto de 2013
Escritura
Al principio, tendí a creer que lo profundo nacía de la mente; razonamientos y laberintos; la libertad de las palabras era un cúmulo de ideas apretujadas que debían encajar y expresarse de manera sostenida y hábil.
Luego, la muerte de todo lo que creía ser, me pegó una sacudida tan fuerte que al principio la comparé con una avalancha.
El dolor y alivio de ver a mi abuela en un ataúd (cuando murió mi padre nunca vi su cadáver y a menudo tuve malos sueños con eso), me condujo a la música,el tango, sobre todo, y el placer de la lentitud del cuerpo. No el placer de la soledad de la mente que piensa sino del cuerpo en soledad, no que razona o siente, sino que es. Por qué las manos, por qué la espalda adoptando tal postura, por qué el cuello,se han convertido en preguntas más importantes que cualquiera sobre como mejorar el mundo.
Aunque quizá sea demasiado prematuro decirlo, las palabras, como brotes en la tierra que ha dejado una avalancha, encuentran raíces. Solo volviendo al cuerpo que es otro y es él mismo he vuelto a encontrarme con un mundo que parecía desértico debido a ese algo que se vuelve irrecuperable; ya nada será, aunque todavía algo se gesta, a paso de tortuga, pero firme.
A veces cierro los ojos y escucho, solo escucho. No es que no exista la nostalgia, pero al menos ya hay donde alojarla.
Es entonces cuando elijo, sobre lo demás, el camino interior.
"Fue mi cuerpo el que me proporcionó las primeras alegrías.Recuerdo la belleza casi sagrada del pan, el humilde rayo de sol que me calentaba la cara y el vértigo que me causó la vida" Dice Marguerite Yourcenar en Alexis o el tratado del inútil combate.
Luego, la muerte de todo lo que creía ser, me pegó una sacudida tan fuerte que al principio la comparé con una avalancha.
El dolor y alivio de ver a mi abuela en un ataúd (cuando murió mi padre nunca vi su cadáver y a menudo tuve malos sueños con eso), me condujo a la música,el tango, sobre todo, y el placer de la lentitud del cuerpo. No el placer de la soledad de la mente que piensa sino del cuerpo en soledad, no que razona o siente, sino que es. Por qué las manos, por qué la espalda adoptando tal postura, por qué el cuello,se han convertido en preguntas más importantes que cualquiera sobre como mejorar el mundo.
Aunque quizá sea demasiado prematuro decirlo, las palabras, como brotes en la tierra que ha dejado una avalancha, encuentran raíces. Solo volviendo al cuerpo que es otro y es él mismo he vuelto a encontrarme con un mundo que parecía desértico debido a ese algo que se vuelve irrecuperable; ya nada será, aunque todavía algo se gesta, a paso de tortuga, pero firme.
A veces cierro los ojos y escucho, solo escucho. No es que no exista la nostalgia, pero al menos ya hay donde alojarla.
Es entonces cuando elijo, sobre lo demás, el camino interior.
"Fue mi cuerpo el que me proporcionó las primeras alegrías.Recuerdo la belleza casi sagrada del pan, el humilde rayo de sol que me calentaba la cara y el vértigo que me causó la vida" Dice Marguerite Yourcenar en Alexis o el tratado del inútil combate.
domingo, 11 de agosto de 2013
Ilusión o vacío
Ahora que nada existe
o quizá
la fila de atardeceres rota en el ir y venir
de pasos
aquí allá,
allá aquí
Ahora que nada existe
o de pronto solo los crisantemos viejos
la arena vacía al otro lado del puente
Ahora que no
sin embargo
enredado sobre el desnudo fondo
el negro silencio en tu sonrisa
la sonrisa en un negro silencio
abrazo devorado
envoltorio de luz
Tic, tac
Oh, cuánto he esperado
este detenerse del sol
frente a la estación de tren
este beberse a sí mismo del tiempoen una súbita fuga de luz
Publicado, según me contaron ya que no lo he visto, en el Magazín de El Espectador del 7 de agosto de 2013
sábado, 3 de agosto de 2013
Suzhoujie
El puente devorado por la
multitud. En la noche, el café caliente de abajo donde todo huele a pan y fruta y fresca; arriba, los discos y por encima de todo el
desorden, como siempre que existe la posibilidad de ser dulce sobre la disposición
de los objetos. Afuera, nombres de
restaurantes desconocidos; añoro mis fideos picantes. En el supermercado olores de peces, algas, panes azucarados, vapor de comida caliente. El hotel con un extraño ascensor que chirría y
da miedo. Alrededor las caras desconocidas nos miran con curiosidad. El baño,
hueco en el piso. La ducha, cápsula extraña de chorros de agua caliente en la espalda.
La universidad Renmin gigante como un
monstruo rosado. “Prohibida cualquier manifestación religiosa”. Flotan tantos
rostros que ya no existen y se vuelven un río; nosotros somos la particularidad
que es observada. Ante la gran mirada no hay escondite, o quizá sí: el hotel, el caos, el romanticismo.
Ésta es, decimos, nuestra música.
sábado, 27 de julio de 2013
Lo dulce
Las manos de una anciana, con pecas y el azul de las venas que se marca y trasluce la piel
Descansar la cabeza sobre el pecho de un hombre
Los rayos de sol sobre el agua que ha caído en la calle durante la mañana
Llegar cansado. Encontrar la luz cálida del cuarto y sumergirse en sueños con perros que hablan y puentes que uno cruza sin terminar de cruzar
La sonrisa de un amigo que no se ha visto en largo tiempo
Qué las flores dadas por un hombre duren un mes sin marchitarse
Hablar con el otro en un profundo y cómodo silencio
El abrazo de un estudiante
Escuchar música mientras olvido en mi cuarto lleno de libros y ballenas y erizos de peluche
Descansar la cabeza sobre el pecho de un hombre
Los rayos de sol sobre el agua que ha caído en la calle durante la mañana
Llegar cansado. Encontrar la luz cálida del cuarto y sumergirse en sueños con perros que hablan y puentes que uno cruza sin terminar de cruzar
La sonrisa de un amigo que no se ha visto en largo tiempo
Qué las flores dadas por un hombre duren un mes sin marchitarse
Hablar con el otro en un profundo y cómodo silencio
El abrazo de un estudiante
Escuchar música mientras olvido en mi cuarto lleno de libros y ballenas y erizos de peluche
sábado, 20 de julio de 2013
Evocaciones
Guanábana: Cocodrilo en un estado anterior.
Música: El único
consuelo cuando el dolor no puede ser curado por la compañía.
Carnicero: Náuseas.
Bosque: ¨En un
bosque de la China una chinita se perdió¨, cantaba mi abuela a mis tres, cuatro
años….
Naranja: Dulzura
hecha carne.
Teléfono: Único puente
que me conecta con las voces que extraño y de quienes me prohíbo sus caras.
Seda: Sonrisa del
cuerpo.
Tango: Caricia
suave que atraviesa la muerte y envuelve
a los vivos.
Viaje: Quitarse
una cuerda del cuello.
Mentira: La que
solo él no ha dicho nunca.
Libro: Templo del
corazón-mente.
Negro: Atesorado
color de mi pelo y del de mis antepasados.
Abrazo: La luz en
envoltorio.
domingo, 30 de junio de 2013
Borrachos de luna
China enamorada
En lo poco que conozco de esa cultura, me gusta
la forma en que los chinos se enamoran de la luna; en los poemas taoístas uno
encuentra conexiones entre la luna y la embriaguez,
la meditación, la separación y luego el
sentimiento de unión que produce verla completa en el cielo, independientemente
de si los seres queridos están al otro lado de nuestro mundo (es decir, en
China).
Resulta que en la luna vive
la inmortal Chang E. Su esposo, un héroe que había derribado nueve soles,
decidió ir en busca del elíxir de la inmortalidad. La diosa de la montaña le dio
la pócima, de la cual Chang E y su marido debían beber la mitad cada uno. Unos
dicen que de aposta y otros que por afán, Chang E se bebió sola todo el elíxir.
De pronto, su cuerpo se volvió ligero y salió volando por la ventana en dirección a la luna. El único
que alcanzó a agarrarse a su falda fue un conejo que tenía de mascota.
Desde entonces, en su vida
de soledad en el palacio frío de la luna, la bella Chang E mira hacia la tierra
con melancolía.
Esto, dicen también, es
posible verlo durante el festival de Medio Otoño, cuando los trabajadores
vuelven a reunirse con sus familias, contemplar la redondez y la blancura del
astro y comer tortas rellenas de semilla de loto, fríjol dulce, pasta de
azufaifo; entre otras. Mientras come, la familia intenta divisar a la pobre
Chang E.
Su Shi se entrega, al parecer, al alcohol, mientras
se inspira en cosas tan hermosas como ésta: ¿Cuándo se mostrará la luna? Mientras bebo un vaso de licor
le pregunto al cielo. / En el palacio de los dioses, ¿qué año será? / Quiero
volver al cielo a través del viento, pero temo que en el palacio de jade de la
luna / no pueda aguantar el frío de lo alto. En mi imaginación me pongo a
bailar con la luna, como si estuviese entre el viento y las nubes, ¡ellos no se
pueden comparar con la tierra!”1.
Y en una de las canciones más populares de los chinos, la luna es símbolo de la
sinceridad y transparencia del sentimiento.
Es esa que dice, en mi traducción chambona, (perdón): “Me preguntas si yo te amo, lo hago a cada instante/ tanto mi
sentimiento como mi amor son verdaderos/ la luna representa mi corazón”. Acá cantada por la hermosa Teresa
Teng: http://www.youtube.com/watch?v=snq5ZLaL6y8y y por la voz de la soprano
occidental Hayley Western: http://www.youtube.com/watch?v=eYeg_OazUqA
Japón
Los
japoneses, fieles herederos de la poesía china de la época Tang, también tienen
una fascinación curiosa. Recitaba Myoe como resultado de sus meditaciones:
Oh brillante, brillante
oh brillante, brillante, brillante
oh brillante, brillante.
Brillante, oh brillante, brillante,
brillante, oh brillante luna.
Dice de esto Kawabata: “Viendo a la luna, el poeta se convierte en la luna; la
luna, vista por el poeta, llega a ser el poeta. Al sumergirse en la naturaleza,
forma un todo con ella. Así, la luz del corazón puro del monje, mientras medita
en el Pabellón durante la oscuridad que precede al amanecer, se transforma para
la luna del amanecer en su propia luz".2
Por otra parte, me encanta el alegato de Junichiro Tanizaki en “El elogio de la sombra”, donde no solo se
va en ristre contra el alumbrado sino
contra muchas otras costumbres adoptadas por la sociedad japonesa en su época.
Para él, una iluminación moderna elimina el juego de luz y de sombras producido
por la luz lunar y la oscuridad, ahí está:
“En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue
siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar
el enigma de la sombra. Lo bello no es una sustancia en sí sino un juego de
claroscuros producido por la yuxtaposición de las diferentes sustancias que van
formando el juego sutil de las modulaciones de la sombra.3”.
Podría seguir enumerando casos, pero ya me estoy extendiendo demasiado
y haciendo desorden. No haré conclusiones sobre la luna y sus conexiones. Diría
que la que más me gusta es idea de la “meditación lunar”; esa en la que Li Bai
y Myoe, borrachos o no; se sumergen en la contemplación de su resplandor. Quizá
el elíxir también embriagó a Chang’E y no pudo parar de beber hasta terminar en
la luna misma. Chang’E , Li Bai, Myoe: Borrachos, todos, de luna.
1. Traducción completa del poema en la revista Gran Garabaña: http://www.grangarabana.com/traducciones/poesia/135-shui-diao-ge-tou-pienso-en-ti.html
2. "El bello Japón y yo" Kawabata Yasunari. Colección Japón.
3. "Elogio de la sombra", Tanizaki Junichiro, Ediciones Siruela.
domingo, 23 de junio de 2013
La casa blanca
Le llamaré así porque estaba
llena de luz; también de muebles blancos o de color beige; el sol se reflejaba
en cada una de sus esquinas. La casa blanca no era posible sin la presencia de
mi abuela. Todo estaba, a fin de cuentas, lleno de sus períodos depresivos y de
actividad. En un cuarto había una máquina Singer negra, con montones de
cajones en los que uno podía encontrar miles de tesoros: alfileres en
almohadillas negras, unos más de 100 botones dorados y rojos y azules; en forma
de cinturones y de zapatos. Y si uno levantaba la máquina, en el hueco había
una caja de galletas llena de hilos de miles de colores. También había unos más
ásperos, de color dorado y encajes transparentes.
Si uno miraba el clóset, estaba
lleno de muñecos de peluche y de bonitas muñecas, de las antiguas, con trenza y
vestidos. Y si uno llegaba en navidad, encontraba chimeneas de cerámica pintada
con luces por dentro. De pronto, entre todo, aparecían canasticas de flores de
porcelanicrón y telas hermosísimas: seda y paño y algodón. Todo un universo de
objetos. Afuera de la casa, el jardín estuvo en una época lleno de flores
rosadas, blancas y rojas e inundado de claveles.
En la cocina siempre me causaron
interés las vasijas de madera, donde mezclábamos azúcar y leche y harina para
las tortas de cumpleaños. En el comedor, las tacitas de cristal para el postre,
los pocillos para el tinto y los jarras de cristal fino para el agua. Y en el
patio de atrás, ubicado más abajo de la casa (como un sótano al aire libre) y
lleno de cultivos, las gallinas negras de párpados transparentes que nos
despertaban al amanecer.
En ese patio estaba también el
molino. Entre eso de las cinco y las seis de la tarde había que moler el maíz
peto con pedacitos de panela. La masa entre blanca y café se moldeaba con queso para formar arepas que se ponían sobre el sartén con aceite caliente. Luego,
cuando ya estaban más doradas, esparcíamos sobre ellas una capa de mantequilla.
En los costales, siempre había naranjas y manzanas frescas en abundancia.
Aparte del perro, pasaron varios
animales por la casa. Pollos, hámster, tortugas, pájaros. Hubo también plagas:
La de los cucarrones gigantes que le caían a uno en el pelo; la de las hormigas
que invadían cualquier comida que se dejará en la mesa, la de las cucarachas y
la peor: la de las ratas. Ratas detrás de las puertas, ratas en el horno, ratas
en las bolsas de maíz; ratas caminando en el patio trasero a plena luz del sol;
gordas y largas y grises.
Viví con mis abuelos durante dieciséis
años. Mi cuarto era como el de todas las hijas únicas y mimadas: un
espejo, peluches, barbies y juguetes raros: un tucán que repetía lo que uno
decía y un tren de pila. Y libros de las colecciones de El Tiempo.
Mi abuelo, en cambio, es bien prolijo: un
radio negro, una colección de almanaques mundiales donde me hacía creer que
allí estaba todo lo que uno debía saber y una peinilla.
Cuando tuve quince años, mi
abuela comenzó a sumergirse por completo en la depresión; murieron las flores
del jardín y mi perrita blanca dejo de comer hasta morir también; dejó de escucharse el sonido de la máquina
Singer y las gallinas fueron vendidas. Ya no más tortas de cumpleaños y la
única tradición sobreviviente hasta que me vine a Bogotá fue la de las arepas y
el jugo de naranja al desayuno. También persistió la hermosa letra de mi abuela
y con la que me enseñó a escribir: cursiva y orgullosa, como un ballet.
El domingo pasado murió ella. Todas las muñecas, botones, trenes, telas de seda y tazas de cristal
fueron saqueadas y clasificadas. La casa será vendida o arrendada.
Con la muerte de mi abuela murió
la casa blanca donde viví por muchos
años. Y también, irá muriendo en mí el recuerdo de ésta, convertido solo en
palabras que giran y giran en mi mente y que un día también habrán de perecer. Supongo que cuando eso pase, sabré que he
envejecido.
lunes, 10 de junio de 2013
Domar el mandarín
La obsesión con el idioma empezó, por supuesto, con la curiosidad y preguntas de otros acerca de mi nacimiento y mi vida; si había ido a China o no, o si podía hablar chino. Sin pretender lamentarme, ya que ahora me parece divertido, es un poco extraño ir caminando por la calle (sobre todo cuando era más pequeña y parecía más china) y que de repente un grupo de personas se atravesara y empezara a dar un montón de puños y patadas frente a uno, intentando imitar el estilo Jackie Chan sin resultados satisfactorios.
Entre estudiarlo y enseñarlo llevo unos seis años, quizá no lo suficiente, si uno tiene en cuenta que en el uso común (escrito y hablado) hay inventariados unos entre diez mil y trece mil caracteres, aunque el conjunto total sea de cincuenta mil. ¿cómo aprender por lo menos unos tres mil que le ayuden a uno a medio defenderse, mientras se asimilan los otros siete mil sin volverse loco? Bueno, sinceramente, la cuestión del manicomio queda entre signos de interrogación; aun no sé si mi supuesta lucidez es solo un disfraz. Sin embargo, la otra respuesta, es decir, la de aprenderlos, consiste en tres elementos combinados: Amor, disciplina, paciencia.
Cualquiera me diría que estos tres puntos son necesarios en cualquier cosa: la práctica de un deporte o intentar sostener una relación amorosa, tan delicada siempre como un huevo de porcelana; pero hablo de esto no en los términos del discurso a los que estamos tan acostumbrados; es decir a hablar y hablar cosas, más que a aplicarlas, como hacen varios católicos que conozco. Si hablo de amor se trata de abrazar tanto el mandarín que sea uno capaz de sacrificar la cita con el amiguito para irse a traducir un fragmento de la noticia, así sea la del Periódico del Pueblo, es decir, el primer punto es: aislamiento social gracias a la fascinación por los caracteres. Todo amor implica sacrificio.
Siguiente punto: Si un escritor, dice Bradbury, debería escribir al menos un relato por semana, alguien que quiera dominar el mandarín, en mi opinión, debe dedicar al menos cuatro o seis horas por semana a leer, escuchar, escribir e intentar pensar en el idioma.
La paciencia es un punto clave en la relación con el mandarín y consigo mismo. Como en el dominio de un arte marcial, solo que en este caso no se trata del dominio del cuerpo sino de la propia mente y de la capacidad para de repente desconectarse de todo el mundo circundante y dedicarse a aprender un hermoso caracter de tres niveles, además compuestos por varios radicales representativos, abstractos o fonéticos; aunque lo de la composición corresponde solo a los profesores y a los fascinados por la poesía.
La recompensa: aun no la conozco del todo. Quizá la sabré en unos cinco años. Sin embargo, puedo decir que amo el idioma por el idioma mismo. Su musicalidad y sonidos tonales que a mi parecer suenan mejor en las personas del sur que en las de Beijing, los caracteres en los que a veces encontramos tantos niveles de significación al mismo tiempo que podríamos sacar de cada uno una historia distinta y sobre todo, por encima de todo, su dificultad. El amante del mandarín, en mi opinión, debe ser amante del masoquismo intelectual, aunque siempre debe poseer la suficiente paciencia consigo mismo y su cerebro.
Por supuesto, uno puede aprender superficialmente, sin averiguar qué la palabra Hombre esta compuesta por fuerza y campo de arroz, sino saber simplemente que hombre se dice "nan" y de esa manera se puede uno comunicar con otros. Para qué, al fin y al cabo, tanta poesía.
Pero el verdadero amante del mandarín, creo yo, ama el masoquismo y al mismo tiempo, la poesía de las palabras.
Estudiar mandarín es, al comienzo, como domar un tigre furioso que está a cada momento a punto de lanzarse sobre uno y devorarlo. Y después de domarlo, toca entonces llenarlo de caricias y flores para que se mantenga donde está.
Entre estudiarlo y enseñarlo llevo unos seis años, quizá no lo suficiente, si uno tiene en cuenta que en el uso común (escrito y hablado) hay inventariados unos entre diez mil y trece mil caracteres, aunque el conjunto total sea de cincuenta mil. ¿cómo aprender por lo menos unos tres mil que le ayuden a uno a medio defenderse, mientras se asimilan los otros siete mil sin volverse loco? Bueno, sinceramente, la cuestión del manicomio queda entre signos de interrogación; aun no sé si mi supuesta lucidez es solo un disfraz. Sin embargo, la otra respuesta, es decir, la de aprenderlos, consiste en tres elementos combinados: Amor, disciplina, paciencia.
Cualquiera me diría que estos tres puntos son necesarios en cualquier cosa: la práctica de un deporte o intentar sostener una relación amorosa, tan delicada siempre como un huevo de porcelana; pero hablo de esto no en los términos del discurso a los que estamos tan acostumbrados; es decir a hablar y hablar cosas, más que a aplicarlas, como hacen varios católicos que conozco. Si hablo de amor se trata de abrazar tanto el mandarín que sea uno capaz de sacrificar la cita con el amiguito para irse a traducir un fragmento de la noticia, así sea la del Periódico del Pueblo, es decir, el primer punto es: aislamiento social gracias a la fascinación por los caracteres. Todo amor implica sacrificio.
Siguiente punto: Si un escritor, dice Bradbury, debería escribir al menos un relato por semana, alguien que quiera dominar el mandarín, en mi opinión, debe dedicar al menos cuatro o seis horas por semana a leer, escuchar, escribir e intentar pensar en el idioma.
La paciencia es un punto clave en la relación con el mandarín y consigo mismo. Como en el dominio de un arte marcial, solo que en este caso no se trata del dominio del cuerpo sino de la propia mente y de la capacidad para de repente desconectarse de todo el mundo circundante y dedicarse a aprender un hermoso caracter de tres niveles, además compuestos por varios radicales representativos, abstractos o fonéticos; aunque lo de la composición corresponde solo a los profesores y a los fascinados por la poesía.
La recompensa: aun no la conozco del todo. Quizá la sabré en unos cinco años. Sin embargo, puedo decir que amo el idioma por el idioma mismo. Su musicalidad y sonidos tonales que a mi parecer suenan mejor en las personas del sur que en las de Beijing, los caracteres en los que a veces encontramos tantos niveles de significación al mismo tiempo que podríamos sacar de cada uno una historia distinta y sobre todo, por encima de todo, su dificultad. El amante del mandarín, en mi opinión, debe ser amante del masoquismo intelectual, aunque siempre debe poseer la suficiente paciencia consigo mismo y su cerebro.
Por supuesto, uno puede aprender superficialmente, sin averiguar qué la palabra Hombre esta compuesta por fuerza y campo de arroz, sino saber simplemente que hombre se dice "nan" y de esa manera se puede uno comunicar con otros. Para qué, al fin y al cabo, tanta poesía.
Pero el verdadero amante del mandarín, creo yo, ama el masoquismo y al mismo tiempo, la poesía de las palabras.
Estudiar mandarín es, al comienzo, como domar un tigre furioso que está a cada momento a punto de lanzarse sobre uno y devorarlo. Y después de domarlo, toca entonces llenarlo de caricias y flores para que se mantenga donde está.
domingo, 2 de junio de 2013
Recuerdo de Beidaihe
Cuando desperté, todo ardía en un
crepitar de luz. Por un momento la arena
y el cielo eran siempre y eternamente uno solo. Una llamarada que lo envolvía
todo en el inmenso calor de la mañana. Parecía mentira que a las cuatro de la madrugada, en esa misma playa, dentro de la carpa, hubiera uno sufrido de
congelamiento y ver el amanecer (un sol medio oculto y entre árboles y nubes grisáceas) fuera un tormento helado, mientras se admiraba
a las rusas que se bañaban felices a esa hora.
Beidaihe está ubicada en el
distrito de Qinghuandao en la provincia de Hebei. Es la playa de los rusos. Siendo tal, está diseñada como una hermosa ciudad con casitas de juguete rusas, y
flores iluminadas en la noche, también como de fantasía; todo con sus techitos
triangulares y limpios, y sus ventanitas de cuento de hadas y sus nombres en
ruso; aunque los empleados de los lugares sean todos chinos. Y los turistas,
mujeres europeas perfectas de andar de muñeca y hombres a veces un poco gordos y
entrados en años. Niñitas con trenzas y ojos de color de mar. También había gordos chinos, muy gordos y con cadenas de oro,
junto a mujeres muy flacas y arregladas; y luego al final del día, parejas asiáticas conduciendo motos en la noche, con sus alucinantes balacas de orejas de conejo
sobre sus cabezas.
El día y la noche anterior
habíamos visto todo eso; la gente que
bajaba en ríos interminables hacía la playa y con todo el cuerpo tatuado, jugando
sobre la arena, cartas y voleibol en la tarde. Después, en la noche, las olas gigantes que se estrellaban contra
las piedras en una de las playas bajo el puente; tiendas de todo tipo de
adornos con peces globo, peluches y bebidas en
un delicioso revuelto; un restaurante donde los platos no estaban muy
limpios y había que pagar por los palillos y, también, bares entre ramplones y
sofisticados, con esa misma elegancia feliz de las regiones calurosas. Y por
supuesto, toda la arena, toda la playa, rebosante por completo de color y de
algarabía de punticos y punticos de gente en el mar y hacia el horizonte.
Me perdí. Porque estaba hablando de la mañana cálida y
el crepitar de luz; el calor en los pies y el devorar del sol sobre la arena en
la que dormía Rodrigo, mi amigo
argentino, que acostumbra a dormir con los ojos abiertos. Y dentro estaban
Sofía y Natalia, las amigas chinas con nombres en español.
La arena china, al menos la de
Beidaihe, es más dura que la de San
Andrés y el mar, completamente doloroso en un sentido literal. Meterse pica en el cuerpo, por alguna razón, y había además montones de medusas muertas que
terminaban sobre la orilla, con su horrible transparencia. A pesar de todo,
cada vez que veo agua nada puede detenerme, así que con los riesgos de las
medusas y la picazón me lancé en esa mañana caliente sobre la calidez en la que un montón de
personas chinas se balanceaban con tiernos flotadores de color anaranjado; lucían graciosos en la parte trasera de sus
cuerpos.
Pero hablaba de cómo me dirigí a nadar mientras Sofía, mi mejor amiga china, se quedaba en el borde con
una sombrilla ya que las mujeres orientales en general tienen
miedo de que el exceso de sol dañe la piel y no se broncean. Entré al mar y jugamos con Rodrigo a lanzarnos agua y luego nadé, con esa sensación de pesadez, siempre mirando
hacía el cielo, hasta que ya no podía
tocar el piso y aumentaban las personas con flotadores y podía sentir el ardor en los ojos y en la piel.
Seguí sin embargo y luego levanté goticas de agua que brillaron y di giros y vueltas mientras a lo lejos, sonaba la risa de Sofía.
A final me volteé y le dije adiós con la mano
mientras volvía a alejarme.
domingo, 26 de mayo de 2013
Marruecos
Los domingos, entre las nueve de
la mañana y las cuatro de la tarde, mi
barrio Marruecos se desborda en un colorido de luz y de pasos; el amanecer se
disfraza de trajes elegantes y camisas blancas en aquellos que se preparan para ir a la iglesia.
Y también, pintas de jeans y coloridas blusas en mujeres que salen a dar paseos
junto a sus novios, esposos, hijos, mascotas. El parque es siempre una confusión donde
se mezclan los jugadores de básquet, el espectáculo de rap del día, un hombre
alto de ojos claros que va regando burbujas hacia el cielo, niños que juegan en
los columpios y bebés que lloran en los regazos de sus madres; ellas, relajadas
en camisetas y tenis, reposan sobre el pasto con esa seguridad de mujeres que
se sientan a ver pasar la vida.
Marruecos está en el sur de Bogotá, a una
hora, hora y media o más de los principales centros de trabajo y de estudio. No
tiene encantos especiales, ni prados bien cuidados, ni bares bonitos ni centros
comerciales. Pero me agrada el espectáculo de sus noches y sus domingos, de
gente hablando y caminando y comiéndose el helado del día.
Me gustan las parejas
adolescentes, rebosantes de una ternura que produce nostalgia.
Y la mujer entrada en años, manicurista,
que espera con ilusión a su novio para que la saque a tomar algo.
Y los patos sueltos en mi
conjunto, delgados y con sus picos anaranjadísimos, toman agua de los charcos
que quedaron de la lluvia.
Y los gatos grises y de rayas
cafés saltan en el jardín, entre matas de rosas y orquídeas blancas.
Y el mercado, donde sobre todo huele a mango
maduro y a veces a piña. Para oler, en cambio, la papaya o las naranjas o las
pitayas, hay que acercar la nariz y casi aspirar la piel de la fruta.
Algunos vendedores son paisas y
lo saludan a uno con un hermoso y decente piropo y luego le cuentan cualquier
cosa sobre el día o sobre la lluvia o el partido.
Claro que también está la vendedora a la que
dicen “la mona” . En efecto mona y con ojos gigantes y una sonrisa bellísima,
empaca todo con rapidez y al mismo tiempo una calma sorprendente.
Siempre, en Marruecos, puede
pasar algo nuevo. Aparecer un nuevo animal extraño tomando agua junto a los
patos o alzarse un circo para niños en el parque de atrás. O llegar el nuevo
vendedor que se para en una esquina y le da a probar a uno un trozo de los
aguacates más exquisitos del mundo.
Si un día me voy de allí espero
encontrar en otro barrio la misma animación y el mismo colorido del mío. Lástima, sin embargo, que por el olvido en el que se tiene al sur de Bogotá, sus calles sean tan descuidadas, mal construidas y llenas a veces de una suciedad no muy poética.
domingo, 19 de mayo de 2013
Amanecer
Vengo de la tierra donde vivo mil
vidas y despierto, o eso creo, cinco
minutos antes del chirrido del reloj, con el corazón pesado, como si le hubieran puesto encima un ladrillo. Luego, se sabe aunque sin querer, el reloj
grita. Casi al tiempo, un estruendo de pájaros irrumpe con sus cantos demasiado
luminosos para el sueño. La nariz de hielo invoca estornudos: salud, dinero,
amor, salud, dinero; y así en un ciclo interminable hasta que uno para de
contar y entiende que solo es el frío adentro y afuera de uno mismo. Agua
caliente. Frío. Calor. Frío. Quemarse la cabeza en el secador de pelo. Devorar
el desayuno como la única comida que existiera al principio y al final del día
porque las cinco y media de la mañana sigue siendo esa frontera en la que no
somos enteros. O al menos, no los perezosos. Uno sigue con los ojos en otro
lado. El alma en China, diría Anna Kavan, quizá.
De repente, al salir, el cielo devora
las montañas llenas de tierra y casas que se extienden en un paisaje aterrador
que era antes, dicen, hecho de lagos; antes, dicen, hecho de verde; o eso cantaron
los que un día lo vieron. Las nubes de piedra caen sobre el parque donde,
cuando era pequeña, iba a golpear en las puertas de las casas y salir corriendo;
y donde un día, dice mi abuelo, vimos un
muerto, quizá eliminado por los mismos sicarios que bebían en el bar, que dice
el taxista, se llamaba El último tango. Como un monstruo, el alimentador se
acerca lentamente.
Alimentador. Esa palabra.
Lucho con otros zombies para mantener
mi espacio. La estación está hecha de polvo y el piso, como lata, resuena bajo
mis pies. El resto es una pesadilla de cuatro cambios de bus que me sumergen
todavía más en el sopor. Hay que arreglarse un poco el pelo, maquillarse;
dicen. Saco el arsenal, me aplico algo. Me divierto, al final. Leo un poema. O
un cuento de Capote. Y duermo de nuevo.
Al bajarme finalmente, en la
vereda de Cajicá, encuentro un pájaro solo, quieto en el aire de la mañana. Rozo su cuerpo
inerte con los pies. Intento pensar cuál fue su última imagen antes de morir.
Sus ojos diminutos están clavados en el cielo. Pero no sé si era un cielo azul
o hecho de lluvia; llena de piedras o de noche antigua.
Siento miedo.
Al fin logro despertar.
domingo, 12 de mayo de 2013
Chocolate y mariposas
“Oh it seems to me, can't turn back the hands of time/
Seems to me, history was left behind”
Seems to me, history was left behind”
Era aire hecho de humo, de chocolate y a veces de humedad escondida, como cuando alguien acaba de
ducharse. Era olor profundo a tortilla
española o espárragos pasados a la sartén y revueltos con huevo. Era un
silencio suspendido donde colgaban las mariposas y objetos mágicos: un sari
anaranjado de la india lleno de brillantes, que se convertía en uno y miles de
trajes, un dibujo puesto al azar sobre
la cama o unos cojines pequeños de colores en los que se podía acomodar
fácilmente y escuchar Oh my love de John Lennon, para así ensoñarse y demorarse en
la nostalgia y la ilusión; éstas más sencillas
y hermosas que el mundo real. Era una cama cómoda con almohadas blancas, en la
que podíamos caber muchos sin que nada importara. Alimentaban las conversaciones que volaban sobre una y otra cosa, sobre hacer y crear,
sobre historia o más bien las historias de guerras sin paz, sobre Europa, China y
Colombia; y sobre hombres y mujeres.Era un
universo de palabras y abrazos; quedaba casi imposible salir de su encanto. Allí tuve conversaciones
y miré películas de niñas. Allí tomé chocolate comprado en el supermercado de
abajo, con galleticas traídas por Saddam. Y allí escuché una y muchas veces las
bandas sonoras de Amelie y también Pink
Floyd y de Groove Armada Hands of time. Fue donde terminé de
pasar la madrugada de la fiesta de mi cumpleaños, escuchando canciones de John
Lee Hooker.
Era un arrullo tan dulce que a
veces prefería huir para no quedar atrapada en él. Ser consentida y
malcriada por mis amigos parecía no ser muy bueno a veces. Mala elección. Porque ahora, con el corazón en
pedazos, daría lo
que fuera por volver al cuarto de mi amiga María
en China. Al chocolate y los abrazos y las mariposas. En un día, olvidaría todo lo demás.
Por ahora, cierro un momento los ojos y vuelvo a ese arrullo lejano.
domingo, 28 de abril de 2013
Los libros junto a mi almohada
En una tarde de lluvia y pereza
bogotana como ésta, lo ideal al menos para mí sería estar echada en cama leyendo un buen libro y bebiendo una taza
de chocolate. Como todos estos días han
sido igual de lluviosos e incitan a querer leer eternamente dentro de las
cobijas sin hacer nada más, me puse a pensar en cuales serían los diez libros
que elegiría para tener junto a mi almohada; esto es: para los días lluviosos,
para antes de dormir y quizá, antes de entregarme al sueño inmenso de la muerte.
Por supuesto los “Top diez” no son muy agradables, y más si se trata de libros.
Con el paso de los años, uno puede cambiar de opinión, y sucede más en mi caso,
por el hecho no haber leído suficientes clásicos y carecer de una buena
formación literaria. Sin embargo, como en una librería vi últimamente que entre los
más leídos estaban “Cincuenta sombras de Grey” y “No hay causa perdida” de
Uribe, haré el ejercicio de elaborar una lista variopinta solo para rebelarme
contra los gustos de la mayoría colombiana:
De Marguerite Yourcenar Cuentos
orientales para volver a las visiones de
una escritora que, aun teniendo formación literaria occidental, amaba y entendía
la filosofía de un oriente rico en sus mitos y antigua belleza.
De Fedor Dostoievski “Los
hermanos Kamarazov”, y así antes de dormir poder recordar como los sentimientos
más oscuros arrastran a los hombres y como en las tentaciones descritas por la
Biblia se refleja la historia de una humanidad que prefiere arrodillarse ante el pan antes de
mantener la integridad del espíritu.
De Ray Bradbury “Las máquinas de
la alegría”; al despertarme leería el comienzo del relato “Las vacaciones.
De Tolstoi Ana Karenina, para
volver a creer en la libertad del amor y al mismo tiempo desilusionarme en las
cárceles creadas por los hombres alrededor de él.
En poesía a Pessoa y ojalá que siempre
al abrir el libro al azar apareciera “Un soir a Lima”.
De ilustración La chica de polvo
(Jung Yumi). Me alegra tenerlo junto a mí para evocar cada día la experiencia de la soledad y el volver
encontrarse a sí mismo una y muchas veces.
De Yasunari Kawabata Historias en
la Palma de la mano para asir con fuerza una o dos de sus frases llenas imágenes,
el alimento perfecto antes de cerrar los ojos y entregarse a soñar.
De Lin Yutang Amor e ironía, esa
hermosa colección de ensayos donde se combinan la fuerza de la escritura y un delicioso y
refinado sentido del humor.
De Virginia Woolf Las Olas para
dejarme llevar por la poesía de los reflejos de la luz sobre el mar, mientras esos amigos que se conocen desde la
infancia van creciendo en sueños y en penas. Todo y nada sucede.
Por último de Sei Shonagon El
Libro de la Almohada. Un solo párrafo de su diario resume matices y sensaciones
tan exquisitas que reviven en nosotros el color de la vida.
Y ustedes, ¿qué libros
preferirían junto a su almohada?
domingo, 21 de abril de 2013
El día en que la Muralla fue mía
Aunque esto no es periodístico (sucedió hace mucho) tengo que contarlo
solo para volver a tenerlo en mi memoria. Dice Borges que del recuerdo solo
quedan imágenes y palabras. Al menos para nosotros los románticos, esto es
suficiente.
Me levanté y no podía creerlo. Era cuatro de octubre de
2011 durante el festival de medio otoño y por fin, tras dos meses de haber
llegado a China, descubrí que había
podido dormir una noche entera. Me despertaron las voces altas y agudas de los
habitantes del poblado y sola, abrí la puerta y salí al pequeño caserío. Las
mesas de piedra estaban rodeadas de europeos.
Hacía demasiado frío y se veía a lo lejos, entre la mezcla de amarillo y
verde de los cultivos de maíz, el amanecer resplandeciente y fino, como una
cortina muda que me interrogaba en su silencio.
El día anterior, después de tomar metro, dos
buses y luego un carro manejado de forma ruda por una mujer con el pelo en
forma de cresta, finalmente había
llegado a aquel lugar en las afueras de Beijing; más cerca que otro de la Gran
Muralla y del cielo con sus estrellas distinguiéndose claras en la noche del
tres de octubre. El aire congelaba mi nariz y el vapor del té y el café que
tomaban los extranjeros, me despertó de repente a la realidad. Volví al cuarto
en el que, como ángeles todos, se agrupaban los durmientes. Mis amigos, hombres y mujeres, respiraban olvidados del
mundo.
Desparramadas, había cervezas
sobre la mesa y vasitos del vino que habíamos tomado el día anterior. Porque
nunca he tomado tanto vino casero como en esos días. Vino con el desayuno, con
el almuerzo, con la comida. Vino porque estábamos vivos o porque iba a escalar
o porque simplemente se nos antojaba. El mejor era el de frutas. Las comidas
consistían en mazorcas duras y vegetales frescos en mi caso, pescado fresco
para los que comían carne. Huevos duros al desayuno con tofu y vegetales
picantes que iban a parar a una sopa sin sabor. Panes que se podrían comparar
al pan árabe.
Fue ese cuatro de octubre cuando
subimos, al menos la primera vez. Comenzamos a caminar para buscar la muralla que
pertenecía a todos, aquella por la que no había que pagar para entrar sino que
era como la tierra y el agua y los ríos;
toda nuestra en su infinita extensión; como son nuestros esos días en los que
sentimos que todo nos pertenece; somos los más jóvenes y los más bellos (más
que todas las reinas de belleza y actores del mundo).
Lo único que me impulsaba era
subir, tanto que tomé la mano de mi amiga Dian dian y le ayudé a trepar. Y
cuando llegamos al final, descubrimos los muros y las piedras quizá dejadas
allí por generaciones por los antiguos bárbaros que la atacaban; todo sobre la
piedra fuerte que se había elevado y reconstruido por siglos. Para pasar a
otros trechos había paredes de piedras semi-derruidas;
como todo lo que no es turístico o está hecho para turistas exóticos y de pronto, demasiado
románticos.
Recuerdo que los primeros en escalar
aquel trecho de piedra afilado y levantado hacía las nubes fueron mis amigos
Carlos y Adam. La tercera fui yo. Cuando llegué arriba, ya la muralla y el día
y todo era mío como nunca antes. No había tenido miedo de caer ni de morir. Nos tomamos fotos, nos reímos. Tras bajar el muro, vi a una sonriente familia china
con dos o tres niños (sus caras se han borrado y solo recuerdo sus sonrisas) .
Cuando posaron para tomarse una foto, comencé a llorar.
Al volver a Beijing, la nostalgia
me devoraba a pedazos y escribí en mi diario: “Sé que no hay una China real
sino muchas, pero ¿cuál es la mía?: Quizá aquella rodeada de blancas estrellas,
en la que tomaría té y comería comida picante durante el invierno, y en la que
escribiría poemas extraños. Quizá, esa sería mi China".
domingo, 14 de abril de 2013
Las dos Coreas y una sola
Durante los últimos días, después
de Chávez y el Papa, el señor King Jong Um se volvió protagonista de los
escándalos mediáticos. La alarma y la
inundación de artículos relacionados con el tema eran tan grandes que hasta algunos
estudiantes me preguntaron si pensaba en la posibilidad de una tercera guerra
mundial. Incluso, en un medio,
publicaron lo que pasaría si en efecto el dictador norcoreano decidiera
jugar a ser el duro y lanzar sus misiles. Ahora que el escándalo pasó un poco y
podemos volver a pensar en lugar de barajar las posibilidades de una guerra
sensacionalista y recrearnos en el amarillismo de imaginar bombardeos, la
reflexión es la siguiente: los medios (como cosa rara) se olvidaron de los
seres humanos. O solo se acordaron de uno: el líder King Jong Un, que como ya
nos enteramos esta semana, es el cuarto hijo de King Jom Il, tiene entre
veintiocho y treinta años y es en este momento el máximo mandatario y militar
del país.
Me imaginó que ver su foto
colgada en todos los diarios le causará al hombre una placentera sensación de
poder. Será un poco menos si se ve caricaturizado, pero probablemente debe
considerar la caricatura un género menor. Mientras tanto y detrás de él,
invisibles, hay unos 74.230.285 personas entre las dos Coreas. Sí, los de Corea
del Norte tienen lavado el cerebro. Desde pequeños se les inculca el odio a
occidente y la mayoría de ellos pertenece al ejército. Los alimentos en su
mayoría van para los militares mientras que el resto de la población muere de
hambre. Y tienen, se dice, el cuarto ejército más grande del mundo, entrenado,
se dice, para morir por su país.
Corea del Sur, por otro lado,
está más abajo, pero también tiene servicio militar obligatorio. Se convirtió
una de las potencias económicas más poderosas del mundo (la 13ava por PIB), y
uno de los países mejores comunicados y con mayor innovación tecnológica.
Acerca de su gente, se sabe que son modernos, preocupados por la belleza y la
imagen, inteligentes, amantes de los videojuegos y al parecer libres o al
menos parecen serlo más que los
norcoreanos, que en términos de educación, tecnología y moda, se cree que viven
en los años sesenta o menos.
Ahora debemos ver lo que tienen
en común los seres humanos de las dos Coreas. Primero: Una sangre y cultura
antigua común. Las dos recibieron en la antigüedad influencia de las filosofías
chinas, las dos desarrollaron artesanía en bronce y en celadón igual o más
hermosa que la china. Los jardines, la vestimenta y la deliciosa comida debe
ser algo que tuvieron en común las dos Coreas cuando eran una sola tierra.
Otro aspecto que tienen en común,
ya no tan agradable, fue la de ser víctimas de invasiones que acabaron y
destruyeron la riqueza de su cultura. La última de estas fue origen de su
actual división. Esto sucedió tras la Segunda Guerra Mundial cuando Estados
Unidos y la en ese entonces Unión Soviética cogieron el pastel coreano y lo partieron en dos. El Sur se volvió
estadounidense y capitalista y el norte soviético
y comunista.
El comunismo adicionalmente se
volvió propaganda de liberación para crear una Corea unida. Corea del Norte intento
invadir al Sur en los años 50 cuando
ésta había proclamado su “independencia” frente a Estados Unidos. La
consecuencia: víctimas coreanas; chinas que apoyaban al norte y estadounidenses
que apoyaban al sur. Muchos coreanos
del sur se pasaron al otro lado de la frontera cuando creyeron en el sueño de
ser libres y de repente quedaron atrapados, y así, en los dos lados, hay familias que se
encuentran solo una vez al año en un hotel haber pedido un permiso especial a
sus gobiernos. Familias que serían aniquiladas en caso de un bombardeo a Corea
del Norte o del Sur. Seres humanos destruidos, así se hayan convertido en
robots.
Una amiga coreana decía que le
gustaría conocer norcoreanos, ya que para ella, más allá de aquel que los
rigiera, tenían sus mismas raíces y su misma sangre. Decía que solo quería
escucharlos.
Mientras nuestros medios juegan
con una posible guerra, quizá muchos coreanos se consideran simplemente
hermanos separados por invasiones y guerras. Pero que cayera el gran muro no le
convendría ni al sistema comunista norcoreano, cuyos políticos ricos deben
bañarse en oro, ni tampoco al surcoreano
capitalista que entraría en desestabilización por la pobreza del otro lado.
Por el bien de los seres que en
uno y otro lado respiran el aire de esta
tierra espero, que King Jong Un, emocionado con la glorificación mediática
cuando lanza sus amenazas, no se crea el cuento y lance sus misiles. Podríamos
sorprendernos, pero aún hay personas
carentes de inteligencia política y militar, que podrían lanzar a sus
esclavos como carnada, a matarse por estúpidos ideales en una guerra sin
nombre.
domingo, 7 de abril de 2013
El amor a la pantalla
Fui consciente del hecho hace unos días, cuando comencé a desear leer antes de dormir para relajarme y olvidar mis días pesados, en los que dicto clase durante ocho o nueve horas, y si no dicto, debo pensar en mandarín o inglés. Necesitaba un párrafo de algo, cualquier cosa junto a mi almohada, antes de internarme en el mundo de los sueños. Y justo cuando estaba arremolinada en las cobijas me percataba de algo: no tenía mis gafas. El filtro de cristal que últimamente se ha vuelto parte de mis ojos y me acompaña día tras día, excepto los domingos en el gimnasio y por supuesto, mientras duermo.
En general, he sido una persona de desapegos con los objetos. Antes necesitaba siempre una lámpara o una linterna porque temía a la oscuridad, pero el hecho de tener que depender de unas gafas me puso a pensar en lo tanto que podemos llegar a necesitar un objeto. Éstas, en mi caso, son una obligación:al tener que leer y escribir caracteres en el trabajo y como hobbies leer y escribir, mis pobres ojos se entregan al sufrimiento sin ellas.
Sin embargo, seguí pensando en como otros objetos se han vuelto ya tan nuestros que su eliminación nos supone una terrible carencia. Y uno de los principales, que en este momento estoy mirando, consiste en la pantalla, o más bien algo que posea una pantalla. Computador, celular, Ipad; como sea que se le llame; algunos necesitan tanto de ese objeto que ya nada llega si no es a través de él. No tenemos el número de celular de otros porque sabemos que los conseguiremos en facebook. Hay una aplicación para traducir si vemos una imagen en otro idioma, entonces quizá ya no sea tan necesario usar el cerebro. Y si nos perdemos, la GPS nos dirá como volver a encontrar el lugar. Si nos sentimos solos, podemos abrir el chat y entablar cualquier conversación, así no tenga sentido.
Me pregunto qué tanto nuestra mirada se ve afectada por una pantalla; si , por ejemplo cuando vemos el humano en carne y hueso, recordamos la foto donde se veía "divino "en facebook. Mi generación, creo que gracias al hecho de estar en un limbo entre dos siglos, aun no es tan dependiente;sin embargo, cuando empecé a a dictar clase en un colegio privado y los adolescentes sacaron el Ipad para tomar apuntes, me empecé a preguntar qué pasaría si un día todo lo que tiene pantalla dejara de funcionar. Si nuestros órganos e incluso maneras de percibir el mundo se habrían vuelto tan relacionadas con estos objetos que entraríamos en una fuerte crisis existencial.
He estado leyendo a Ray Bradbury; su novela "Farenheit 451" trata de un mundo en el que solo existen pantallas y música, diversiones y rapidez. Las personas han olvidado lo que es quedarse despierto para ver el amanecer y el olor de una flor. Sus sentidos están supeditados al olvido y a tener todo el tiempo unas conchas de caracol en los oídos que los adormecen con música pero no les permiten escuchar al otro.
En Farenheit 451 no existen los libros porque no sirven para nada.Tampoco nadie se enamora o o a los pocos días olvida que se enamoró.
La nostalgia me hace pensar en un panorama igual al que describe Bradbury. O quizá es solo mi fastidiosa dependencia actual de las gafas. O quizá esa sensación de que ya no tengo la libertad de caminar sola sin mirar ninguna pantalla y ninguna cámara que me mire. Es melancolía y de pronto, también, envidia por aquellos a quienes les basta la tierra que pisan y una buena comida para ser felices. ¿Hemos olvidado lo primordial o seremos solo hombres grandiosos que lo son aun más si tienen varios cables colgando de sus manos y orejas?
jueves, 28 de marzo de 2013
La nieve
Había soportado el frío que resecaba las manos y los pies hasta no dejar ningún deseo. Había vivido el hambre parcialmente, o al menos el hambre que te hace acostarte pensando en pasta con queso parmesano y manjares árabes y frutas exóticas imposibles de conseguir en ese momento porque te quedan unos pocos euros para sobrevivir, junto a tu orgullo y tu romanticismo. Había soportado el cielo; primero gris y morado y luego, por unas dos semanas, azul, dando la ilusión de que no estaba en la ciudad más contaminada del mundo. Y de repente, de un segundo a otro, como si realmente hubiera un ángel que traspasara mi vulnerabilidad en los momentos más desesperados, había cambiado mi suerte y me encontraba en un tren con uno de mis mejores amigos (mi hermano Carlos) y Horacio, que había llegado por viaje de turismo.
Los camarotes y su espacio eran tan diminutos que alcanzaba a tocar fácilmente el techo y apenas lograba mover el cuello para ver dentro de la oscuridad, durante el eterno viaje de doce horas, el desierto que se extendía inmenso hacía el fin. Y entonces, de repente, como si saliera de un sueño olvidado, como si una de esas bolitas de cristal se desparramara sobre el mundo entero (el que me rodeaba), estaba la allí, la nieve sobre los techos de las casas, la deliciosa humedad en la nariz y en los jardines, el blanco centelleante y un poco sucio a veces,pero perfecto para quien ha vivido el hielo desértico de un Beijing contaminado. Estábamos en Pingyao y sus callecitas de piedra y sus murallas grises y sus bancos antiguos y la cárcel y la casa de torturas donde se consumirían los gritos ahogados de aquellos que habían pisado las esquinas de sus cuartos.
Recuerdo las galletas crocantes y dulces al paladar, con un almíbar traído de quien sabe donde; las vendían por todas partes las mujeres. Recuerdo los anuncios de carne de perro. Recuerdo las peleas de Horacio y mi hermano por el camino que debíamos tomar. Recuerdo el acogedor silencio en mi cuarto tras haber tomado una ducha caliente; y entonces la llamada de mi primer amor, justo desde el otro lado del mundo. Recuerdo el vino amarillo en un bar donde el mesero (Uno de los primeros hombres chinos apuestos que veía en mi vida) nos hablo en un perfecto inglés de Hong Kong. Y también los mercados, con porcelana y madera y bronce, y y armas de juguete y piedras que se suponían antiguas.
Pero lo que más recuerdo es el viaje al templo. Es extraño que uno pueda haber visto mil templos de todos los estilos y de pronto el único que uno cargué realmente en el corazón sea ese; el del día en que nos subimos a un taxi- bicicleta y el conductor iba cantando todo el camino, y nosotros, apenas cubiertos por un plástico, veíamos a lo lejos el paisaje de árboles altísimos y blancos y los cultivos que se hundían en el hielo; todo consumido en el esplendor de un paisaje invernal mientras aquel hombre cantaba a través de los inmensos terrenos que se ahogaban y se descongelaban en el estertor de sus palabras, y de vez en cuando se bajaba para preguntarnos si teníamos mucho frío y le decíamos que no y seguíamos allí, embobados en esa melodía de blancura y silencio atravesado por una canción en dialecto que nada y todo nos decía.
Recuerdo una sala grandísima con budas de madera desgastados por el peso de al menos mil años, quizá más. Recuerdo el Buda de los mil brazos siempre abarcando el mundo. Recuerdo las miradas aterradoras de los guardianes del infierno. Pero más que otra cosa, recuerdo al hombre arrodillándose con simplicidad y prendiendo incienso ante cada uno de aquellos santuarios. El hombre se inclinaba y nosotros, extranjeros que no sabían el ritual, simplemente lo mirábamos, mientras él continuaba allí, sencillo y espiritual y alegre como un niño.
¨Pronto Pingyao se volverá un recuerdo que se asemejará a un sueño¨, escribí en mi diario el 18 de febrero de 2012. Pero también escribí: ¨Con cada viaje y cada recorrido nos miramos en el espejo de un río interminable, a donde nos llevan sus aguas es una pregunta que no tiene por qué angustiarnos"
Pingyao cambiará. Quizá un día vuelva y no lo reconozca. Quizá un día no reconoceré nada de lo que soy ahora y estas palabras se hundirán en el olvido. Pero elijo cargar en mi corazón el blanco de la naturaleza y la sonrisa pura de ese hombre-niño.
Ese es mi templo.
Los camarotes y su espacio eran tan diminutos que alcanzaba a tocar fácilmente el techo y apenas lograba mover el cuello para ver dentro de la oscuridad, durante el eterno viaje de doce horas, el desierto que se extendía inmenso hacía el fin. Y entonces, de repente, como si saliera de un sueño olvidado, como si una de esas bolitas de cristal se desparramara sobre el mundo entero (el que me rodeaba), estaba la allí, la nieve sobre los techos de las casas, la deliciosa humedad en la nariz y en los jardines, el blanco centelleante y un poco sucio a veces,pero perfecto para quien ha vivido el hielo desértico de un Beijing contaminado. Estábamos en Pingyao y sus callecitas de piedra y sus murallas grises y sus bancos antiguos y la cárcel y la casa de torturas donde se consumirían los gritos ahogados de aquellos que habían pisado las esquinas de sus cuartos.
Recuerdo las galletas crocantes y dulces al paladar, con un almíbar traído de quien sabe donde; las vendían por todas partes las mujeres. Recuerdo los anuncios de carne de perro. Recuerdo las peleas de Horacio y mi hermano por el camino que debíamos tomar. Recuerdo el acogedor silencio en mi cuarto tras haber tomado una ducha caliente; y entonces la llamada de mi primer amor, justo desde el otro lado del mundo. Recuerdo el vino amarillo en un bar donde el mesero (Uno de los primeros hombres chinos apuestos que veía en mi vida) nos hablo en un perfecto inglés de Hong Kong. Y también los mercados, con porcelana y madera y bronce, y y armas de juguete y piedras que se suponían antiguas.
Pero lo que más recuerdo es el viaje al templo. Es extraño que uno pueda haber visto mil templos de todos los estilos y de pronto el único que uno cargué realmente en el corazón sea ese; el del día en que nos subimos a un taxi- bicicleta y el conductor iba cantando todo el camino, y nosotros, apenas cubiertos por un plástico, veíamos a lo lejos el paisaje de árboles altísimos y blancos y los cultivos que se hundían en el hielo; todo consumido en el esplendor de un paisaje invernal mientras aquel hombre cantaba a través de los inmensos terrenos que se ahogaban y se descongelaban en el estertor de sus palabras, y de vez en cuando se bajaba para preguntarnos si teníamos mucho frío y le decíamos que no y seguíamos allí, embobados en esa melodía de blancura y silencio atravesado por una canción en dialecto que nada y todo nos decía.
Recuerdo una sala grandísima con budas de madera desgastados por el peso de al menos mil años, quizá más. Recuerdo el Buda de los mil brazos siempre abarcando el mundo. Recuerdo las miradas aterradoras de los guardianes del infierno. Pero más que otra cosa, recuerdo al hombre arrodillándose con simplicidad y prendiendo incienso ante cada uno de aquellos santuarios. El hombre se inclinaba y nosotros, extranjeros que no sabían el ritual, simplemente lo mirábamos, mientras él continuaba allí, sencillo y espiritual y alegre como un niño.
¨Pronto Pingyao se volverá un recuerdo que se asemejará a un sueño¨, escribí en mi diario el 18 de febrero de 2012. Pero también escribí: ¨Con cada viaje y cada recorrido nos miramos en el espejo de un río interminable, a donde nos llevan sus aguas es una pregunta que no tiene por qué angustiarnos"
Pingyao cambiará. Quizá un día vuelva y no lo reconozca. Quizá un día no reconoceré nada de lo que soy ahora y estas palabras se hundirán en el olvido. Pero elijo cargar en mi corazón el blanco de la naturaleza y la sonrisa pura de ese hombre-niño.
Ese es mi templo.
domingo, 3 de marzo de 2013
Las mariposas de acero
Me encontré con este tesoro en una vieja librería del barrio La Soledad. Se titula "El sexo inútil", nombre que inicialmente me hizo suponer que se trataba de filosofía y panfletos feministas. Sin embargo, cuando lo abrí, me di cuenta de que era algo más simple o quizá más complejo para la banalidad de nuestros días, un libro perteneciente a esa época en que el periodismo se escribía yendo al lugar de los hechos, enterándose por fuentes de primera mano, con ayuda de libros y de la vida misma; no encerrándose por ocho horas en una oficina mientras se redactan veinte noticias o se saca un resumen a partir de comunicados provenientes de agencias y empresas con intereses de todo tipo.
Pero dejando de lado la quejadera... Oriana Fallaci, italiana, culta y conocida por sus ideas liberales; narra en un estilo que vuelve a recordarnos esa tradición literaria en la que se inscribieron Kapuscinski y Capote. Estos relatos surgen de un viaje que realizó para el diario L'Europeo con el fin de contar como eran o siguen siendo las mujeres de diversos países, pasando por Pakistán, India, Hong Kong, Japón y otros. A través de un recorrido duro y díficil en compañía de su fotográfo; Fallaci conoce a las "mariposas de acero" de la India, visita una tribu de matronas indonesas que abrieron sus viviendas en lo profundo de la selva, y cena junto a las tradicionales y sensuales chinas de Hong Kong (mientras analiza a las de la China comunista, ya que se le niega el visado) . Fallaci no deja de lado detalles como aquellas que mujeres que viven en el esplendor de un pasado ya muerto hace tiempo; es el caso de la princesa india Aesha, que añora sus seiscientos elefantes, mientras el palacio en el que vivía se convierte en un hotel y su habitación se vuelve cuarto de turistas más o menos adinerados.
Escrito en 1962, el libro retrata una sociedad cambiante donde la mujer se ha empoderado de diferentes logros (el control de la reproducción en India, la lucha de revolucionaria en China) o permanece estancada aunque dando pequeños pasos para salir de un mundo completamente controlado por hombres(Karachi, Pakistán). Aunque se queda un poco corta en las conclusiones, la pieza está contada con gran sensibilidad y además no desentona para nada en nuestros tiempos. Aun con todos los avances o quizá debido a ellos, el tema de la mujer, su independencia, estabilidad y sentimientos en una sociedad como la colombiana; sigue siendo pan de cada día. Al fin y al cabo, debido a su inseguridad, muchas siguen sin atreverse a ser mariposas de acero.
Decía Fallaci y aun podemos decirlo en ciertos ambientes: "Y como cualquiera que no recuerda tener orejas porque cada mañana se las encuentra en su sitio, y únicamente cuando padece de otitis advierte su existencia, se me ocurrió que los problemas fundamentales del hombre nacen de cuestiones económicas, raciales, sociales; pero los problemas fundamentales de la mujer nacen también y muy especialmente de esto: El hecho de ser mujer".
Pero dejando de lado la quejadera... Oriana Fallaci, italiana, culta y conocida por sus ideas liberales; narra en un estilo que vuelve a recordarnos esa tradición literaria en la que se inscribieron Kapuscinski y Capote. Estos relatos surgen de un viaje que realizó para el diario L'Europeo con el fin de contar como eran o siguen siendo las mujeres de diversos países, pasando por Pakistán, India, Hong Kong, Japón y otros. A través de un recorrido duro y díficil en compañía de su fotográfo; Fallaci conoce a las "mariposas de acero" de la India, visita una tribu de matronas indonesas que abrieron sus viviendas en lo profundo de la selva, y cena junto a las tradicionales y sensuales chinas de Hong Kong (mientras analiza a las de la China comunista, ya que se le niega el visado) . Fallaci no deja de lado detalles como aquellas que mujeres que viven en el esplendor de un pasado ya muerto hace tiempo; es el caso de la princesa india Aesha, que añora sus seiscientos elefantes, mientras el palacio en el que vivía se convierte en un hotel y su habitación se vuelve cuarto de turistas más o menos adinerados.
Escrito en 1962, el libro retrata una sociedad cambiante donde la mujer se ha empoderado de diferentes logros (el control de la reproducción en India, la lucha de revolucionaria en China) o permanece estancada aunque dando pequeños pasos para salir de un mundo completamente controlado por hombres(Karachi, Pakistán). Aunque se queda un poco corta en las conclusiones, la pieza está contada con gran sensibilidad y además no desentona para nada en nuestros tiempos. Aun con todos los avances o quizá debido a ellos, el tema de la mujer, su independencia, estabilidad y sentimientos en una sociedad como la colombiana; sigue siendo pan de cada día. Al fin y al cabo, debido a su inseguridad, muchas siguen sin atreverse a ser mariposas de acero.
Decía Fallaci y aun podemos decirlo en ciertos ambientes: "Y como cualquiera que no recuerda tener orejas porque cada mañana se las encuentra en su sitio, y únicamente cuando padece de otitis advierte su existencia, se me ocurrió que los problemas fundamentales del hombre nacen de cuestiones económicas, raciales, sociales; pero los problemas fundamentales de la mujer nacen también y muy especialmente de esto: El hecho de ser mujer".
viernes, 11 de enero de 2013
Música de puertas
Cuando se despertaba oía la misma música del abrir de puertas y los chorros de agua en los baños. La almohada la ahorcaba. "Tengo que ir, tengo que ir... " Hiroka, la compañera de cuarto, se desperezaba lentamente en el idioma universal de la pereza, aunque en la cuestión de la piel y la moral las dos estuvieran muy lejos. Luego venía el aire de invierno que convertía su organismo en una roca insensible, hasta que una ducha de agua tibia la sacaba del helaje capaz de borrar cualquier alegría o lágrima: la risa se petrificaba en la sequedad de los quince grados bajo cero. Corría hacia la panadería donde vendían aquellas cosas riquísimas; postres de frutas y de queso. Se embutía uno acompañado por un capuchino y pasaba el túnel apreciando el aire congelado, el ruido de los carros y el peso de caminar en soledad más de tres cuadras largas hasta la estación del metro. No había pensamiento o si lo había era fugaz. Había solo cuerpo y sensación en esa interminable caminata. En ese ir y venir frente a un montón de caras impasibles que a veces la miraban con curiosidad por ser distinta, hunxue, sangre mezclada.
Y entonces se volvía a despertar de nuevo, al otro lado de aquel mundo, ahora en una cama cómoda pero con muchos ácaros, en un clima húmedo, junto a su madre siempre buena.Eran las mañanas cálidas en las que sus ojos deseaban desaparecer aquellas memorias. En esa frontera entre el sueño y la vida, ansiaba quedarse reviviendo un instante o matarlo de un solo tiro. Ninguna de las dos era posible.
En un solo recuerdo, ella toda, se desvanecía y se volvía pura transparencia.
Su vulnerabilidad no podía ser atravesada más que por un ángel.
En un solo recuerdo, ella toda, se desvanecía y se volvía pura transparencia.
Su vulnerabilidad no podía ser atravesada más que por un ángel.
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