“Oh it seems to me, can't turn back the hands of time/
Seems to me, history was left behind”
Seems to me, history was left behind”
Era aire hecho de humo, de chocolate y a veces de humedad escondida, como cuando alguien acaba de
ducharse. Era olor profundo a tortilla
española o espárragos pasados a la sartén y revueltos con huevo. Era un
silencio suspendido donde colgaban las mariposas y objetos mágicos: un sari
anaranjado de la india lleno de brillantes, que se convertía en uno y miles de
trajes, un dibujo puesto al azar sobre
la cama o unos cojines pequeños de colores en los que se podía acomodar
fácilmente y escuchar Oh my love de John Lennon, para así ensoñarse y demorarse en
la nostalgia y la ilusión; éstas más sencillas
y hermosas que el mundo real. Era una cama cómoda con almohadas blancas, en la
que podíamos caber muchos sin que nada importara. Alimentaban las conversaciones que volaban sobre una y otra cosa, sobre hacer y crear,
sobre historia o más bien las historias de guerras sin paz, sobre Europa, China y
Colombia; y sobre hombres y mujeres.Era un
universo de palabras y abrazos; quedaba casi imposible salir de su encanto. Allí tuve conversaciones
y miré películas de niñas. Allí tomé chocolate comprado en el supermercado de
abajo, con galleticas traídas por Saddam. Y allí escuché una y muchas veces las
bandas sonoras de Amelie y también Pink
Floyd y de Groove Armada Hands of time. Fue donde terminé de
pasar la madrugada de la fiesta de mi cumpleaños, escuchando canciones de John
Lee Hooker.
Era un arrullo tan dulce que a
veces prefería huir para no quedar atrapada en él. Ser consentida y
malcriada por mis amigos parecía no ser muy bueno a veces. Mala elección. Porque ahora, con el corazón en
pedazos, daría lo
que fuera por volver al cuarto de mi amiga María
en China. Al chocolate y los abrazos y las mariposas. En un día, olvidaría todo lo demás.
Por ahora, cierro un momento los ojos y vuelvo a ese arrullo lejano.
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