Había soportado el frío que resecaba las manos y los pies hasta no dejar ningún deseo. Había vivido el hambre parcialmente, o al menos el hambre que te hace acostarte pensando en pasta con queso parmesano y manjares árabes y frutas exóticas imposibles de conseguir en ese momento porque te quedan unos pocos euros para sobrevivir, junto a tu orgullo y tu romanticismo. Había soportado el cielo; primero gris y morado y luego, por unas dos semanas, azul, dando la ilusión de que no estaba en la ciudad más contaminada del mundo. Y de repente, de un segundo a otro, como si realmente hubiera un ángel que traspasara mi vulnerabilidad en los momentos más desesperados, había cambiado mi suerte y me encontraba en un tren con uno de mis mejores amigos (mi hermano Carlos) y Horacio, que había llegado por viaje de turismo.
Los camarotes y su espacio eran tan diminutos que alcanzaba a tocar fácilmente el techo y apenas lograba mover el cuello para ver dentro de la oscuridad, durante el eterno viaje de doce horas, el desierto que se extendía inmenso hacía el fin. Y entonces, de repente, como si saliera de un sueño olvidado, como si una de esas bolitas de cristal se desparramara sobre el mundo entero (el que me rodeaba), estaba la allí, la nieve sobre los techos de las casas, la deliciosa humedad en la nariz y en los jardines, el blanco centelleante y un poco sucio a veces,pero perfecto para quien ha vivido el hielo desértico de un Beijing contaminado. Estábamos en Pingyao y sus callecitas de piedra y sus murallas grises y sus bancos antiguos y la cárcel y la casa de torturas donde se consumirían los gritos ahogados de aquellos que habían pisado las esquinas de sus cuartos.
Recuerdo las galletas crocantes y dulces al paladar, con un almíbar traído de quien sabe donde; las vendían por todas partes las mujeres. Recuerdo los anuncios de carne de perro. Recuerdo las peleas de Horacio y mi hermano por el camino que debíamos tomar. Recuerdo el acogedor silencio en mi cuarto tras haber tomado una ducha caliente; y entonces la llamada de mi primer amor, justo desde el otro lado del mundo. Recuerdo el vino amarillo en un bar donde el mesero (Uno de los primeros hombres chinos apuestos que veía en mi vida) nos hablo en un perfecto inglés de Hong Kong. Y también los mercados, con porcelana y madera y bronce, y y armas de juguete y piedras que se suponían antiguas.
Pero lo que más recuerdo es el viaje al templo. Es extraño que uno pueda haber visto mil templos de todos los estilos y de pronto el único que uno cargué realmente en el corazón sea ese; el del día en que nos subimos a un taxi- bicicleta y el conductor iba cantando todo el camino, y nosotros, apenas cubiertos por un plástico, veíamos a lo lejos el paisaje de árboles altísimos y blancos y los cultivos que se hundían en el hielo; todo consumido en el esplendor de un paisaje invernal mientras aquel hombre cantaba a través de los inmensos terrenos que se ahogaban y se descongelaban en el estertor de sus palabras, y de vez en cuando se bajaba para preguntarnos si teníamos mucho frío y le decíamos que no y seguíamos allí, embobados en esa melodía de blancura y silencio atravesado por una canción en dialecto que nada y todo nos decía.
Recuerdo una sala grandísima con budas de madera desgastados por el peso de al menos mil años, quizá más. Recuerdo el Buda de los mil brazos siempre abarcando el mundo. Recuerdo las miradas aterradoras de los guardianes del infierno. Pero más que otra cosa, recuerdo al hombre arrodillándose con simplicidad y prendiendo incienso ante cada uno de aquellos santuarios. El hombre se inclinaba y nosotros, extranjeros que no sabían el ritual, simplemente lo mirábamos, mientras él continuaba allí, sencillo y espiritual y alegre como un niño.
¨Pronto Pingyao se volverá un recuerdo que se asemejará a un sueño¨, escribí en mi diario el 18 de febrero de 2012. Pero también escribí: ¨Con cada viaje y cada recorrido nos miramos en el espejo de un río interminable, a donde nos llevan sus aguas es una pregunta que no tiene por qué angustiarnos"
Pingyao cambiará. Quizá un día vuelva y no lo reconozca. Quizá un día no reconoceré nada de lo que soy ahora y estas palabras se hundirán en el olvido. Pero elijo cargar en mi corazón el blanco de la naturaleza y la sonrisa pura de ese hombre-niño.
Ese es mi templo.
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