domingo, 2 de junio de 2013

Recuerdo de Beidaihe

Cuando desperté, todo ardía en un crepitar de luz.  Por un momento la arena y el cielo eran siempre y eternamente uno solo. Una llamarada que lo envolvía todo en el inmenso calor de la mañana. Parecía mentira que a las cuatro de la madrugada, en esa misma playa, dentro de la carpa, hubiera uno sufrido de congelamiento y ver el amanecer (un sol medio oculto y entre árboles y nubes grisáceas) fuera un tormento helado, mientras se admiraba a las rusas que se bañaban felices a esa hora.  

Beidaihe está ubicada en el distrito de Qinghuandao en la provincia de Hebei. Es la playa de los rusos. Siendo tal, está diseñada como una hermosa ciudad con casitas de juguete rusas, y flores iluminadas en la noche, también como de fantasía; todo con sus techitos triangulares y limpios, y sus ventanitas de cuento de hadas y sus nombres en ruso; aunque los empleados de los lugares sean todos chinos. Y los turistas, mujeres europeas perfectas de andar de muñeca y hombres a veces un poco gordos y entrados en años. Niñitas con trenzas y ojos de color de mar.  También había gordos chinos, muy gordos y con cadenas de oro, junto a mujeres  muy flacas y arregladas; y luego al final del día, parejas asiáticas conduciendo motos en la noche, con sus alucinantes balacas de orejas de conejo sobre sus cabezas.

El día y la noche anterior habíamos visto todo eso;  la gente que bajaba en ríos interminables hacía la playa y con todo el cuerpo tatuado, jugando sobre la arena, cartas y voleibol en la tarde. Después, en la noche,  las olas gigantes que se estrellaban contra las piedras en una de las playas bajo el puente;  tiendas de todo tipo de adornos con peces globo, peluches y bebidas en  un delicioso revuelto; un restaurante donde los platos no estaban muy limpios y había que pagar por los palillos y, también,  bares entre ramplones y sofisticados, con esa misma elegancia feliz de las regiones calurosas. Y por supuesto, toda la arena, toda la playa, rebosante por completo de color y de algarabía de punticos y punticos de gente en el mar y hacia el horizonte.

Me perdí.  Porque estaba hablando de la mañana cálida y el crepitar de luz; el calor en los pies y el devorar del sol sobre la arena en la que dormía Rodrigo,  mi amigo argentino, que acostumbra a dormir con los ojos abiertos. Y dentro estaban Sofía y Natalia, las amigas chinas con nombres en español.

La arena china, al menos la de Beidaihe,  es más dura que la de San Andrés y el mar, completamente doloroso en un sentido literal. Meterse pica en el cuerpo, por alguna razón, y había además montones de medusas muertas que terminaban sobre la orilla, con su horrible transparencia. A pesar de todo, cada vez que veo agua nada puede detenerme, así que con los riesgos de las medusas y la picazón me lancé en esa mañana caliente sobre la calidez en la que un montón de personas chinas se balanceaban con tiernos flotadores de color anaranjado;  lucían graciosos en la parte trasera de sus cuerpos.

Pero hablaba de cómo me dirigí a nadar mientras Sofía, mi mejor amiga china, se quedaba en el borde con una sombrilla ya que las mujeres orientales en general tienen miedo de que el exceso de sol dañe la piel y no se broncean. Entré al mar y jugamos con Rodrigo a lanzarnos agua y luego nadé, con esa sensación de pesadez, siempre mirando hacía el cielo,  hasta que ya no podía tocar el piso y aumentaban las personas con flotadores y  podía sentir el ardor en los ojos y en la piel. Seguí sin embargo y luego levanté goticas de agua que brillaron y  di giros y vueltas  mientras a lo lejos, sonaba la risa de Sofía.

A final me volteé y le dije adiós con la mano mientras volvía a alejarme.  

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