domingo, 26 de mayo de 2013

Marruecos


Los domingos, entre las nueve de la mañana y las cuatro de la tarde,  mi barrio Marruecos se desborda en un colorido de luz y de pasos; el amanecer se disfraza de trajes elegantes y camisas blancas en  aquellos que se preparan para ir a la iglesia. Y también, pintas de jeans y  coloridas blusas en mujeres que salen a dar paseos junto a sus novios, esposos, hijos,  mascotas. El parque es siempre una confusión donde se mezclan los jugadores de básquet, el espectáculo de rap del día, un hombre alto de ojos claros que va regando burbujas hacia el cielo, niños que juegan en los columpios y bebés que lloran en los regazos de sus madres; ellas, relajadas en camisetas y tenis, reposan sobre el pasto con esa seguridad de mujeres que se sientan a ver pasar la vida.
Marruecos está en el sur de Bogotá, a una hora, hora y media o más de los principales centros de trabajo y de estudio. No tiene encantos especiales, ni prados bien cuidados, ni bares bonitos ni centros comerciales. Pero me agrada el espectáculo de sus noches y sus domingos, de gente hablando y caminando y comiéndose el helado del día.
Me gustan las parejas adolescentes, rebosantes de una ternura que produce nostalgia.
Y la mujer entrada en años, manicurista, que espera con ilusión a su novio para que la saque a tomar algo.
Y los patos sueltos en mi conjunto, delgados y con sus picos anaranjadísimos, toman agua de los charcos que quedaron de la lluvia.
Y los gatos grises y de rayas cafés saltan en el jardín, entre matas de rosas y orquídeas blancas.
 Y el mercado, donde sobre todo huele a mango maduro y a veces a piña. Para oler, en cambio, la papaya o las naranjas o las pitayas, hay que acercar la nariz y casi aspirar la piel de la fruta.
Algunos vendedores son paisas y lo saludan a uno con un hermoso y decente piropo y luego le cuentan cualquier cosa sobre el día o sobre la lluvia o el partido.
 Claro que también está la vendedora a la que dicen “la mona” . En efecto mona y con ojos gigantes y una sonrisa bellísima, empaca todo con rapidez y al mismo tiempo una calma sorprendente.
Siempre, en Marruecos, puede pasar algo nuevo. Aparecer un nuevo animal extraño tomando agua junto a los patos o alzarse un circo para niños en el parque de atrás. O llegar el nuevo vendedor que se para en una esquina y le da a probar a uno un trozo de los aguacates más exquisitos del mundo.
Si un día me voy de allí espero encontrar en otro barrio la misma animación y el mismo colorido del mío. Lástima, sin embargo, que por  el olvido en el que se tiene al sur de Bogotá, sus calles sean tan descuidadas, mal construidas y llenas a veces de una suciedad no muy poética. 

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