domingo, 19 de mayo de 2013

Amanecer


Vengo de la tierra donde vivo mil vidas y despierto, o eso creo,  cinco minutos antes del chirrido del reloj, con el corazón pesado, como si le hubieran puesto encima un ladrillo. Luego, se sabe aunque sin querer, el reloj grita. Casi al tiempo, un estruendo de pájaros irrumpe con sus cantos demasiado luminosos para el sueño. La nariz de hielo invoca estornudos: salud, dinero, amor, salud, dinero; y así en un ciclo interminable hasta que uno para de contar y entiende que solo es el frío adentro y afuera de uno mismo. Agua caliente. Frío. Calor. Frío. Quemarse la cabeza en el secador de pelo. Devorar el desayuno como la única comida que existiera al principio y al final del día porque las cinco y media de la mañana sigue siendo esa frontera en la que no somos enteros. O al menos, no los perezosos. Uno sigue con los ojos en otro lado. El alma en China, diría Anna Kavan, quizá.

De repente, al salir, el cielo devora las montañas llenas de tierra y casas que se extienden en un paisaje aterrador que era antes,  dicen, hecho de lagos;  antes, dicen, hecho de verde; o eso cantaron los que un día lo vieron. Las nubes de piedra caen sobre el parque donde, cuando era pequeña, iba a golpear en las puertas de las casas y salir corriendo;  y donde un día, dice mi abuelo, vimos un muerto, quizá eliminado por los mismos sicarios que bebían  en el bar, que dice el taxista, se llamaba El último tango. Como un monstruo, el alimentador se acerca lentamente.

Alimentador. Esa palabra.

Lucho con otros zombies para mantener mi espacio. La estación está hecha de polvo y el piso, como lata, resuena bajo mis pies. El resto es una pesadilla de cuatro cambios de bus que me sumergen todavía más en el sopor. Hay que arreglarse un poco el pelo, maquillarse; dicen. Saco el arsenal, me aplico algo. Me divierto, al final. Leo un poema. O un cuento de Capote. Y duermo de nuevo.

Al bajarme finalmente, en la vereda de Cajicá, encuentro un pájaro solo,  quieto en el aire de la mañana. Rozo su cuerpo inerte con los pies. Intento pensar cuál fue su última imagen antes de morir. Sus ojos diminutos están clavados en el cielo. Pero no sé si era un cielo azul o hecho de lluvia; llena de piedras o de noche antigua.

Siento miedo.

Al fin logro despertar. 

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