Vengo de la tierra donde vivo mil
vidas y despierto, o eso creo, cinco
minutos antes del chirrido del reloj, con el corazón pesado, como si le hubieran puesto encima un ladrillo. Luego, se sabe aunque sin querer, el reloj
grita. Casi al tiempo, un estruendo de pájaros irrumpe con sus cantos demasiado
luminosos para el sueño. La nariz de hielo invoca estornudos: salud, dinero,
amor, salud, dinero; y así en un ciclo interminable hasta que uno para de
contar y entiende que solo es el frío adentro y afuera de uno mismo. Agua
caliente. Frío. Calor. Frío. Quemarse la cabeza en el secador de pelo. Devorar
el desayuno como la única comida que existiera al principio y al final del día
porque las cinco y media de la mañana sigue siendo esa frontera en la que no
somos enteros. O al menos, no los perezosos. Uno sigue con los ojos en otro
lado. El alma en China, diría Anna Kavan, quizá.
De repente, al salir, el cielo devora
las montañas llenas de tierra y casas que se extienden en un paisaje aterrador
que era antes, dicen, hecho de lagos; antes, dicen, hecho de verde; o eso cantaron
los que un día lo vieron. Las nubes de piedra caen sobre el parque donde,
cuando era pequeña, iba a golpear en las puertas de las casas y salir corriendo;
y donde un día, dice mi abuelo, vimos un
muerto, quizá eliminado por los mismos sicarios que bebían en el bar, que dice
el taxista, se llamaba El último tango. Como un monstruo, el alimentador se
acerca lentamente.
Alimentador. Esa palabra.
Lucho con otros zombies para mantener
mi espacio. La estación está hecha de polvo y el piso, como lata, resuena bajo
mis pies. El resto es una pesadilla de cuatro cambios de bus que me sumergen
todavía más en el sopor. Hay que arreglarse un poco el pelo, maquillarse;
dicen. Saco el arsenal, me aplico algo. Me divierto, al final. Leo un poema. O
un cuento de Capote. Y duermo de nuevo.
Al bajarme finalmente, en la
vereda de Cajicá, encuentro un pájaro solo, quieto en el aire de la mañana. Rozo su cuerpo
inerte con los pies. Intento pensar cuál fue su última imagen antes de morir.
Sus ojos diminutos están clavados en el cielo. Pero no sé si era un cielo azul
o hecho de lluvia; llena de piedras o de noche antigua.
Siento miedo.
Al fin logro despertar.
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