Al principio, tendí a creer que lo profundo nacía de la mente; razonamientos y laberintos; la libertad de las palabras era un cúmulo de ideas apretujadas que debían encajar y expresarse de manera sostenida y hábil.
Luego, la muerte de todo lo que creía ser, me pegó una sacudida tan fuerte que al principio la comparé con una avalancha.
El dolor y alivio de ver a mi abuela en un ataúd (cuando murió mi padre nunca vi su cadáver y a menudo tuve malos sueños con eso), me condujo a la música,el tango, sobre todo, y el placer de la lentitud del cuerpo. No el placer de la soledad de la mente que piensa sino del cuerpo en soledad, no que razona o siente, sino que es. Por qué las manos, por qué la espalda adoptando tal postura, por qué el cuello,se han convertido en preguntas más importantes que cualquiera sobre como mejorar el mundo.
Aunque quizá sea demasiado prematuro decirlo, las palabras, como brotes en la tierra que ha dejado una avalancha, encuentran raíces. Solo volviendo al cuerpo que es otro y es él mismo he vuelto a encontrarme con un mundo que parecía desértico debido a ese algo que se vuelve irrecuperable; ya nada será, aunque todavía algo se gesta, a paso de tortuga, pero firme.
A veces cierro los ojos y escucho, solo escucho. No es que no exista la nostalgia, pero al menos ya hay donde alojarla.
Es entonces cuando elijo, sobre lo demás, el camino interior.
"Fue mi cuerpo el que me proporcionó las primeras alegrías.Recuerdo la belleza casi sagrada del pan, el humilde rayo de sol que me calentaba la cara y el vértigo que me causó la vida" Dice Marguerite Yourcenar en Alexis o el tratado del inútil combate.
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