Aunque esto no es periodístico (sucedió hace mucho) tengo que contarlo
solo para volver a tenerlo en mi memoria. Dice Borges que del recuerdo solo
quedan imágenes y palabras. Al menos para nosotros los románticos, esto es
suficiente.
Me levanté y no podía creerlo. Era cuatro de octubre de
2011 durante el festival de medio otoño y por fin, tras dos meses de haber
llegado a China, descubrí que había
podido dormir una noche entera. Me despertaron las voces altas y agudas de los
habitantes del poblado y sola, abrí la puerta y salí al pequeño caserío. Las
mesas de piedra estaban rodeadas de europeos.
Hacía demasiado frío y se veía a lo lejos, entre la mezcla de amarillo y
verde de los cultivos de maíz, el amanecer resplandeciente y fino, como una
cortina muda que me interrogaba en su silencio.
El día anterior, después de tomar metro, dos
buses y luego un carro manejado de forma ruda por una mujer con el pelo en
forma de cresta, finalmente había
llegado a aquel lugar en las afueras de Beijing; más cerca que otro de la Gran
Muralla y del cielo con sus estrellas distinguiéndose claras en la noche del
tres de octubre. El aire congelaba mi nariz y el vapor del té y el café que
tomaban los extranjeros, me despertó de repente a la realidad. Volví al cuarto
en el que, como ángeles todos, se agrupaban los durmientes. Mis amigos, hombres y mujeres, respiraban olvidados del
mundo.
Desparramadas, había cervezas
sobre la mesa y vasitos del vino que habíamos tomado el día anterior. Porque
nunca he tomado tanto vino casero como en esos días. Vino con el desayuno, con
el almuerzo, con la comida. Vino porque estábamos vivos o porque iba a escalar
o porque simplemente se nos antojaba. El mejor era el de frutas. Las comidas
consistían en mazorcas duras y vegetales frescos en mi caso, pescado fresco
para los que comían carne. Huevos duros al desayuno con tofu y vegetales
picantes que iban a parar a una sopa sin sabor. Panes que se podrían comparar
al pan árabe.
Fue ese cuatro de octubre cuando
subimos, al menos la primera vez. Comenzamos a caminar para buscar la muralla que
pertenecía a todos, aquella por la que no había que pagar para entrar sino que
era como la tierra y el agua y los ríos;
toda nuestra en su infinita extensión; como son nuestros esos días en los que
sentimos que todo nos pertenece; somos los más jóvenes y los más bellos (más
que todas las reinas de belleza y actores del mundo).
Lo único que me impulsaba era
subir, tanto que tomé la mano de mi amiga Dian dian y le ayudé a trepar. Y
cuando llegamos al final, descubrimos los muros y las piedras quizá dejadas
allí por generaciones por los antiguos bárbaros que la atacaban; todo sobre la
piedra fuerte que se había elevado y reconstruido por siglos. Para pasar a
otros trechos había paredes de piedras semi-derruidas;
como todo lo que no es turístico o está hecho para turistas exóticos y de pronto, demasiado
románticos.
Recuerdo que los primeros en escalar
aquel trecho de piedra afilado y levantado hacía las nubes fueron mis amigos
Carlos y Adam. La tercera fui yo. Cuando llegué arriba, ya la muralla y el día
y todo era mío como nunca antes. No había tenido miedo de caer ni de morir. Nos tomamos fotos, nos reímos. Tras bajar el muro, vi a una sonriente familia china
con dos o tres niños (sus caras se han borrado y solo recuerdo sus sonrisas) .
Cuando posaron para tomarse una foto, comencé a llorar.
Al volver a Beijing, la nostalgia
me devoraba a pedazos y escribí en mi diario: “Sé que no hay una China real
sino muchas, pero ¿cuál es la mía?: Quizá aquella rodeada de blancas estrellas,
en la que tomaría té y comería comida picante durante el invierno, y en la que
escribiría poemas extraños. Quizá, esa sería mi China".
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