domingo, 21 de abril de 2013

El día en que la Muralla fue mía


Aunque esto no es periodístico (sucedió hace mucho) tengo que contarlo solo para volver a tenerlo en mi memoria. Dice Borges que del recuerdo solo quedan imágenes y palabras. Al menos para nosotros los románticos, esto es suficiente.

Me levanté y  no podía creerlo. Era cuatro de octubre de 2011 durante el festival de medio otoño y por fin, tras dos meses de haber llegado a China, descubrí  que había podido dormir una noche entera. Me despertaron las voces altas y agudas de los habitantes del poblado y sola, abrí la puerta y salí al pequeño caserío. Las mesas de piedra estaban rodeadas de europeos.  Hacía demasiado frío y se veía a lo lejos, entre la mezcla de amarillo y verde de los cultivos de maíz, el amanecer resplandeciente y fino, como una cortina muda que me interrogaba en su silencio.

 El día anterior, después de tomar metro, dos buses y luego un carro manejado de forma ruda por una mujer con el pelo en forma de cresta,  finalmente había llegado a aquel lugar en las afueras de Beijing; más cerca que otro de la Gran Muralla y del cielo con sus estrellas distinguiéndose claras en la noche del tres de octubre. El aire congelaba mi nariz y el vapor del té y el café que tomaban los extranjeros, me despertó de repente a la realidad. Volví al cuarto en el que, como ángeles todos, se agrupaban los durmientes. Mis amigos,  hombres y mujeres, respiraban olvidados del mundo.

Desparramadas, había cervezas sobre la mesa y vasitos del vino que habíamos tomado el día anterior. Porque nunca he tomado tanto vino casero como en esos días. Vino con el desayuno, con el almuerzo, con la comida. Vino porque estábamos vivos o porque iba a escalar o porque simplemente se nos antojaba. El mejor era el de frutas. Las comidas consistían en mazorcas duras y vegetales frescos en mi caso, pescado fresco para los que comían carne. Huevos duros al desayuno con tofu y vegetales picantes que iban a parar a una sopa sin sabor. Panes que se podrían comparar al pan árabe.

Fue ese cuatro de octubre cuando subimos, al menos la primera vez. Comenzamos a caminar para buscar la muralla que pertenecía a todos, aquella por la que no había que pagar para entrar sino que era como la tierra y el agua y  los ríos; toda nuestra en su infinita extensión; como son nuestros esos días en los que sentimos que todo nos pertenece; somos los más jóvenes y los más bellos (más que todas las reinas de belleza y actores del mundo).

Lo único que me impulsaba era subir, tanto que tomé la mano de mi amiga Dian dian y le ayudé a trepar. Y cuando llegamos al final, descubrimos los muros y las piedras quizá dejadas allí por generaciones por los antiguos bárbaros que la atacaban; todo sobre la piedra fuerte que se había elevado y reconstruido por siglos. Para pasar a otros trechos había paredes de  piedras semi-derruidas; como todo lo que no es turístico o está hecho  para turistas exóticos y de pronto, demasiado románticos.

Recuerdo que los primeros en escalar aquel trecho de piedra afilado y levantado hacía las nubes fueron mis amigos Carlos y Adam. La tercera fui yo. Cuando llegué arriba, ya la muralla y el día y todo era mío como nunca antes. No había tenido miedo de caer ni de morir.  Nos tomamos fotos, nos reímos. Tras bajar el muro, vi a una sonriente familia china con dos o tres niños (sus caras se han borrado y solo recuerdo sus sonrisas) . Cuando posaron para tomarse una foto, comencé a llorar.

Al volver a Beijing, la nostalgia me devoraba a pedazos y escribí en mi diario: “Sé que no hay una China real sino muchas, pero ¿cuál es la mía?: Quizá aquella rodeada de blancas estrellas, en la que tomaría té y comería comida picante durante el invierno, y en la que escribiría poemas extraños. Quizá, esa sería mi China". 

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