jueves, 26 de septiembre de 2013

Los que un día entraron

A la hora que podemos llamar noche (no gozamos de la estación de verano hasta las doce) la oscuridad invasiva deja a los pasajeros acurrucados sobre las sillas como niños; cabecean en sus inmensas soledades y pesadillas de cansancio. Y en medio de la confusa bruma en que nos sumergimos quienes despedimos el día y cuyas esperanzas residen por completo en una almohada caliente; aparecen unos hombres de jeans y camisa, con los pantalones caídos, a veces; con las gorras ladeadas, de pronto; y  con equipos de sonido en las manos, nos obligan a dejar la somnolencia y el libro y nos sumergen en su rap hecho de trozos de TLC, Jesucristo,  sonrisa, el dinero no lo es todo, paras, falta de educación, vicios regenerados, calles a las que volvió la luz, explotación y miseria.
Prefiero todavía, la improvisación reposada, aquella que toma las noticias del día y las vuelve música, al tiempo que intercala diálogos con nosotros, los ya sonámbulos alegres de la negrura bogotana.

Prefiero todavía cuando sube una pareja; el contraste de sus voces me saca de la introversión de mis libros.

Prefiero todavía, escuchar sin escucharlos, y más bien volver a reconocerme en las caras de los hermosos semidormidos del Transmilenio.


Entonces uno saca tantas  monedas y las puertas se abren y los chicos de jeans desaparecen mientras cada uno de nosotros vuelve a poner los ojos en su punto fijo; mientras con el movimiento,  el tiempo avanza o retrocede y cada uno de estos seres se vuelve un cualquiera, un rapero más que subió un día y desaparecerá en algún recoveco de la propia memoria. 

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