A la
hora que podemos llamar noche (no gozamos de la estación de verano hasta las
doce) la oscuridad invasiva deja a los pasajeros acurrucados sobre las sillas
como niños; cabecean en sus inmensas soledades y pesadillas de cansancio. Y en
medio de la confusa bruma en que nos sumergimos quienes despedimos el día y
cuyas esperanzas residen por completo en una almohada caliente; aparecen unos
hombres de jeans y camisa, con los pantalones caídos, a veces; con las gorras
ladeadas, de pronto; y con equipos de
sonido en las manos, nos obligan a dejar la somnolencia y el libro y nos
sumergen en su rap hecho de trozos de TLC, Jesucristo, sonrisa, el dinero no lo es todo, paras,
falta de educación, vicios regenerados, calles a las que volvió la luz,
explotación y miseria.
Prefiero todavía, la improvisación reposada,
aquella que toma las noticias del día y las vuelve música, al tiempo que
intercala diálogos con nosotros, los ya sonámbulos alegres de la negrura
bogotana.
Prefiero
todavía cuando sube una pareja; el contraste de sus voces me saca de la
introversión de mis libros.
Prefiero
todavía, escuchar sin escucharlos, y más bien volver a reconocerme en las caras
de los hermosos semidormidos del Transmilenio.
Entonces
uno saca tantas monedas y las puertas se
abren y los chicos de jeans desaparecen mientras cada uno de nosotros vuelve a
poner los ojos en su punto fijo; mientras con el movimiento, el tiempo avanza o retrocede y cada uno de
estos seres se vuelve un cualquiera, un rapero más que subió un día y desaparecerá
en algún recoveco de la propia memoria.
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