lunes, 10 de junio de 2013

Domar el mandarín

La obsesión con el idioma empezó, por supuesto, con la curiosidad y preguntas de otros acerca de mi nacimiento y mi vida;  si había ido a China o no, o si podía hablar chino. Sin pretender lamentarme, ya que ahora me parece divertido, es un poco extraño ir caminando por la calle (sobre todo cuando era más pequeña y parecía más china) y que de repente un grupo de personas se atravesara y empezara a dar un montón de puños y patadas frente a uno, intentando imitar el estilo Jackie Chan sin resultados satisfactorios.

Entre estudiarlo y enseñarlo llevo unos seis años, quizá no lo suficiente, si uno tiene en cuenta que en el uso común (escrito y hablado) hay inventariados unos entre diez mil y trece mil caracteres, aunque el conjunto total sea de cincuenta mil. ¿cómo aprender por lo menos unos tres mil que le ayuden a uno a medio defenderse, mientras se asimilan los otros siete mil sin volverse loco? Bueno, sinceramente, la cuestión del manicomio queda entre signos de interrogación; aun no sé si mi supuesta lucidez es solo un disfraz. Sin embargo, la otra respuesta, es decir, la de aprenderlos, consiste en tres elementos combinados: Amor, disciplina, paciencia.

Cualquiera me diría que estos tres puntos son necesarios en cualquier cosa: la práctica de un deporte o intentar sostener una relación amorosa, tan delicada  siempre como un huevo de porcelana; pero hablo de esto  no en los términos del discurso a los que estamos tan acostumbrados; es decir a hablar y hablar cosas, más que a aplicarlas, como hacen varios católicos que conozco. Si hablo de amor se trata de abrazar tanto el mandarín que sea uno capaz de sacrificar la cita con el amiguito para irse a traducir un fragmento de la noticia, así sea la del Periódico del Pueblo, es decir, el primer punto es: aislamiento social gracias a la fascinación por los caracteres. Todo amor implica sacrificio.

Siguiente punto: Si un escritor, dice Bradbury, debería escribir al menos un relato por semana, alguien que quiera dominar el mandarín, en mi opinión, debe dedicar al menos cuatro o seis horas por semana a leer, escuchar, escribir e intentar pensar en el idioma.

La paciencia es un punto clave en la relación con el mandarín y consigo mismo. Como en el dominio de un arte marcial, solo que en este caso no se trata del dominio del cuerpo sino de la propia mente y de la capacidad para de repente desconectarse de todo el mundo circundante y dedicarse a aprender un hermoso caracter de tres niveles, además compuestos por varios radicales representativos, abstractos o fonéticos; aunque lo de la composición corresponde solo a los profesores y a los fascinados por la poesía.

La recompensa: aun no la conozco del todo. Quizá la sabré en unos cinco años. Sin embargo, puedo decir que amo el idioma por el idioma mismo. Su musicalidad y sonidos tonales que a mi parecer suenan mejor en las personas del sur que en las de Beijing,  los caracteres en los que a veces encontramos tantos niveles de significación al mismo tiempo que podríamos sacar de cada uno una historia distinta y sobre todo, por encima de todo,  su dificultad. El amante del mandarín, en mi opinión,  debe ser amante del masoquismo intelectual, aunque siempre debe poseer la suficiente paciencia consigo mismo y su cerebro.

Por supuesto, uno puede aprender superficialmente, sin averiguar qué la palabra Hombre esta compuesta por fuerza y  campo de arroz, sino saber simplemente  que hombre se dice "nan" y de esa manera se puede uno comunicar con otros. Para qué, al fin y al cabo, tanta poesía.

Pero el verdadero amante del mandarín, creo yo, ama el masoquismo y al mismo tiempo, la poesía de las palabras.

Estudiar mandarín es, al comienzo, como domar un tigre furioso que está a cada momento a punto de lanzarse sobre uno y devorarlo. Y después de domarlo, toca entonces llenarlo de caricias y flores para que se mantenga donde está.

1 comentario:

  1. Mi querida Lina, tus palabras me alienta. También yo estoy ante un pequeño dragón llamado alemán. Ayer un amigo me decía que busque la forma de encontrar el amor en eso. Dificil, los idiomas son como las olas, bajas o altas. Voy a pensar como buscar ese amor.

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