Le llamaré así porque estaba
llena de luz; también de muebles blancos o de color beige; el sol se reflejaba
en cada una de sus esquinas. La casa blanca no era posible sin la presencia de
mi abuela. Todo estaba, a fin de cuentas, lleno de sus períodos depresivos y de
actividad. En un cuarto había una máquina Singer negra, con montones de
cajones en los que uno podía encontrar miles de tesoros: alfileres en
almohadillas negras, unos más de 100 botones dorados y rojos y azules; en forma
de cinturones y de zapatos. Y si uno levantaba la máquina, en el hueco había
una caja de galletas llena de hilos de miles de colores. También había unos más
ásperos, de color dorado y encajes transparentes.
Si uno miraba el clóset, estaba
lleno de muñecos de peluche y de bonitas muñecas, de las antiguas, con trenza y
vestidos. Y si uno llegaba en navidad, encontraba chimeneas de cerámica pintada
con luces por dentro. De pronto, entre todo, aparecían canasticas de flores de
porcelanicrón y telas hermosísimas: seda y paño y algodón. Todo un universo de
objetos. Afuera de la casa, el jardín estuvo en una época lleno de flores
rosadas, blancas y rojas e inundado de claveles.
En la cocina siempre me causaron
interés las vasijas de madera, donde mezclábamos azúcar y leche y harina para
las tortas de cumpleaños. En el comedor, las tacitas de cristal para el postre,
los pocillos para el tinto y los jarras de cristal fino para el agua. Y en el
patio de atrás, ubicado más abajo de la casa (como un sótano al aire libre) y
lleno de cultivos, las gallinas negras de párpados transparentes que nos
despertaban al amanecer.
En ese patio estaba también el
molino. Entre eso de las cinco y las seis de la tarde había que moler el maíz
peto con pedacitos de panela. La masa entre blanca y café se moldeaba con queso para formar arepas que se ponían sobre el sartén con aceite caliente. Luego,
cuando ya estaban más doradas, esparcíamos sobre ellas una capa de mantequilla.
En los costales, siempre había naranjas y manzanas frescas en abundancia.
Aparte del perro, pasaron varios
animales por la casa. Pollos, hámster, tortugas, pájaros. Hubo también plagas:
La de los cucarrones gigantes que le caían a uno en el pelo; la de las hormigas
que invadían cualquier comida que se dejará en la mesa, la de las cucarachas y
la peor: la de las ratas. Ratas detrás de las puertas, ratas en el horno, ratas
en las bolsas de maíz; ratas caminando en el patio trasero a plena luz del sol;
gordas y largas y grises.
Viví con mis abuelos durante dieciséis
años. Mi cuarto era como el de todas las hijas únicas y mimadas: un
espejo, peluches, barbies y juguetes raros: un tucán que repetía lo que uno
decía y un tren de pila. Y libros de las colecciones de El Tiempo.
Mi abuelo, en cambio, es bien prolijo: un
radio negro, una colección de almanaques mundiales donde me hacía creer que
allí estaba todo lo que uno debía saber y una peinilla.
Cuando tuve quince años, mi
abuela comenzó a sumergirse por completo en la depresión; murieron las flores
del jardín y mi perrita blanca dejo de comer hasta morir también; dejó de escucharse el sonido de la máquina
Singer y las gallinas fueron vendidas. Ya no más tortas de cumpleaños y la
única tradición sobreviviente hasta que me vine a Bogotá fue la de las arepas y
el jugo de naranja al desayuno. También persistió la hermosa letra de mi abuela
y con la que me enseñó a escribir: cursiva y orgullosa, como un ballet.
El domingo pasado murió ella. Todas las muñecas, botones, trenes, telas de seda y tazas de cristal
fueron saqueadas y clasificadas. La casa será vendida o arrendada.
Con la muerte de mi abuela murió
la casa blanca donde viví por muchos
años. Y también, irá muriendo en mí el recuerdo de ésta, convertido solo en
palabras que giran y giran en mi mente y que un día también habrán de perecer. Supongo que cuando eso pase, sabré que he
envejecido.
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