domingo, 23 de junio de 2013

La casa blanca

Le llamaré así porque estaba llena de luz; también de muebles blancos o de color beige; el sol se reflejaba en cada una de sus esquinas. La casa blanca no era posible sin la presencia de mi abuela. Todo estaba, a fin de cuentas, lleno de sus períodos depresivos y de actividad. En un cuarto había una máquina Singer negra, con montones de cajones en los que uno podía encontrar miles de tesoros: alfileres en almohadillas negras, unos más de 100 botones dorados y rojos y azules; en forma de cinturones y de zapatos. Y si uno levantaba la máquina, en el hueco había una caja de galletas llena de hilos de miles de colores. También había unos más ásperos, de color dorado y encajes transparentes.
Si uno miraba el clóset, estaba lleno de muñecos de peluche y de bonitas muñecas, de las antiguas, con trenza y vestidos. Y si uno llegaba en navidad, encontraba chimeneas de cerámica pintada con luces por dentro. De pronto, entre todo, aparecían canasticas de flores de porcelanicrón y telas hermosísimas: seda y paño y algodón. Todo un universo de objetos. Afuera de la casa, el jardín estuvo en una época lleno de flores rosadas, blancas y rojas e inundado de claveles.
En la cocina siempre me causaron interés las vasijas de madera, donde mezclábamos azúcar y leche y harina para las tortas de cumpleaños. En el comedor, las tacitas de cristal para el postre, los pocillos para el tinto y los jarras de cristal fino para el agua. Y en el patio de atrás, ubicado más abajo de la casa (como un sótano al aire libre) y lleno de cultivos, las gallinas negras de párpados transparentes que nos despertaban al amanecer.
En ese patio estaba también el molino. Entre eso de las cinco y las seis de la tarde había que moler el maíz peto con pedacitos de panela. La masa entre blanca y café se moldeaba con queso para formar arepas que se ponían sobre el sartén con aceite caliente. Luego, cuando ya estaban más doradas, esparcíamos sobre ellas una capa de mantequilla. En los costales, siempre había naranjas y manzanas frescas en abundancia.
Aparte del perro, pasaron varios animales por la casa. Pollos, hámster, tortugas, pájaros. Hubo también plagas: La de los cucarrones gigantes que le caían a uno en el pelo; la de las hormigas que invadían cualquier comida que se dejará en la mesa, la de las cucarachas y la peor: la de las ratas. Ratas detrás de las puertas, ratas en el horno, ratas en las bolsas de maíz; ratas caminando en el patio trasero a plena luz del sol; gordas y largas y grises.
Viví con mis abuelos durante dieciséis años. Mi cuarto era como el de todas las hijas únicas y mimadas: un espejo, peluches, barbies y juguetes raros: un tucán que repetía lo que uno decía y un tren de pila. Y libros de las colecciones de El Tiempo.
Mi abuelo, en cambio, es bien prolijo: un radio negro, una colección de almanaques mundiales donde me hacía creer que allí estaba todo lo que uno debía saber y una peinilla.
Cuando tuve quince años, mi abuela comenzó a sumergirse por completo en la depresión; murieron las flores del jardín y mi perrita blanca dejo de comer hasta morir también;  dejó de escucharse el sonido de la máquina Singer y las gallinas fueron vendidas. Ya no más tortas de cumpleaños y la única tradición sobreviviente hasta que me vine a Bogotá fue la de las arepas y el jugo de naranja al desayuno. También persistió la hermosa letra de mi abuela y con la que me enseñó a escribir: cursiva y orgullosa, como un ballet.
El domingo pasado murió ella. Todas las muñecas, botones, trenes, telas de seda y tazas de cristal fueron saqueadas y clasificadas. La casa será vendida o arrendada.

Con la muerte de mi abuela murió la casa blanca  donde viví por muchos años. Y también, irá muriendo en mí el recuerdo de ésta, convertido solo en palabras que giran y giran en mi mente y que un día también habrán de perecer. Supongo que cuando eso pase, sabré que he envejecido. 

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