Las manos de una anciana, con pecas y el azul de las venas que se marca y trasluce la piel
Descansar la cabeza sobre el pecho de un hombre
Los rayos de sol sobre el agua que ha caído en la calle durante la mañana
Llegar cansado. Encontrar la luz cálida del cuarto y sumergirse en sueños con perros que hablan y puentes que uno cruza sin terminar de cruzar
La sonrisa de un amigo que no se ha visto en largo tiempo
Qué las flores dadas por un hombre duren un mes sin marchitarse
Hablar con el otro en un profundo y cómodo silencio
El abrazo de un estudiante
Escuchar música mientras olvido en mi cuarto lleno de libros y ballenas y erizos de peluche
sábado, 27 de julio de 2013
sábado, 20 de julio de 2013
Evocaciones
Guanábana: Cocodrilo en un estado anterior.
Música: El único
consuelo cuando el dolor no puede ser curado por la compañía.
Carnicero: Náuseas.
Bosque: ¨En un
bosque de la China una chinita se perdió¨, cantaba mi abuela a mis tres, cuatro
años….
Naranja: Dulzura
hecha carne.
Teléfono: Único puente
que me conecta con las voces que extraño y de quienes me prohíbo sus caras.
Seda: Sonrisa del
cuerpo.
Tango: Caricia
suave que atraviesa la muerte y envuelve
a los vivos.
Viaje: Quitarse
una cuerda del cuello.
Mentira: La que
solo él no ha dicho nunca.
Libro: Templo del
corazón-mente.
Negro: Atesorado
color de mi pelo y del de mis antepasados.
Abrazo: La luz en
envoltorio.
domingo, 30 de junio de 2013
Borrachos de luna
China enamorada
En lo poco que conozco de esa cultura, me gusta
la forma en que los chinos se enamoran de la luna; en los poemas taoístas uno
encuentra conexiones entre la luna y la embriaguez,
la meditación, la separación y luego el
sentimiento de unión que produce verla completa en el cielo, independientemente
de si los seres queridos están al otro lado de nuestro mundo (es decir, en
China).
Resulta que en la luna vive
la inmortal Chang E. Su esposo, un héroe que había derribado nueve soles,
decidió ir en busca del elíxir de la inmortalidad. La diosa de la montaña le dio
la pócima, de la cual Chang E y su marido debían beber la mitad cada uno. Unos
dicen que de aposta y otros que por afán, Chang E se bebió sola todo el elíxir.
De pronto, su cuerpo se volvió ligero y salió volando por la ventana en dirección a la luna. El único
que alcanzó a agarrarse a su falda fue un conejo que tenía de mascota.
Desde entonces, en su vida
de soledad en el palacio frío de la luna, la bella Chang E mira hacia la tierra
con melancolía.
Esto, dicen también, es
posible verlo durante el festival de Medio Otoño, cuando los trabajadores
vuelven a reunirse con sus familias, contemplar la redondez y la blancura del
astro y comer tortas rellenas de semilla de loto, fríjol dulce, pasta de
azufaifo; entre otras. Mientras come, la familia intenta divisar a la pobre
Chang E.
Su Shi se entrega, al parecer, al alcohol, mientras
se inspira en cosas tan hermosas como ésta: ¿Cuándo se mostrará la luna? Mientras bebo un vaso de licor
le pregunto al cielo. / En el palacio de los dioses, ¿qué año será? / Quiero
volver al cielo a través del viento, pero temo que en el palacio de jade de la
luna / no pueda aguantar el frío de lo alto. En mi imaginación me pongo a
bailar con la luna, como si estuviese entre el viento y las nubes, ¡ellos no se
pueden comparar con la tierra!”1.
Y en una de las canciones más populares de los chinos, la luna es símbolo de la
sinceridad y transparencia del sentimiento.
Es esa que dice, en mi traducción chambona, (perdón): “Me preguntas si yo te amo, lo hago a cada instante/ tanto mi
sentimiento como mi amor son verdaderos/ la luna representa mi corazón”. Acá cantada por la hermosa Teresa
Teng: http://www.youtube.com/watch?v=snq5ZLaL6y8y y por la voz de la soprano
occidental Hayley Western: http://www.youtube.com/watch?v=eYeg_OazUqA
Japón
Los
japoneses, fieles herederos de la poesía china de la época Tang, también tienen
una fascinación curiosa. Recitaba Myoe como resultado de sus meditaciones:
Oh brillante, brillante
oh brillante, brillante, brillante
oh brillante, brillante.
Brillante, oh brillante, brillante,
brillante, oh brillante luna.
Dice de esto Kawabata: “Viendo a la luna, el poeta se convierte en la luna; la
luna, vista por el poeta, llega a ser el poeta. Al sumergirse en la naturaleza,
forma un todo con ella. Así, la luz del corazón puro del monje, mientras medita
en el Pabellón durante la oscuridad que precede al amanecer, se transforma para
la luna del amanecer en su propia luz".2
Por otra parte, me encanta el alegato de Junichiro Tanizaki en “El elogio de la sombra”, donde no solo se
va en ristre contra el alumbrado sino
contra muchas otras costumbres adoptadas por la sociedad japonesa en su época.
Para él, una iluminación moderna elimina el juego de luz y de sombras producido
por la luz lunar y la oscuridad, ahí está:
“En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue
siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar
el enigma de la sombra. Lo bello no es una sustancia en sí sino un juego de
claroscuros producido por la yuxtaposición de las diferentes sustancias que van
formando el juego sutil de las modulaciones de la sombra.3”.
Podría seguir enumerando casos, pero ya me estoy extendiendo demasiado
y haciendo desorden. No haré conclusiones sobre la luna y sus conexiones. Diría
que la que más me gusta es idea de la “meditación lunar”; esa en la que Li Bai
y Myoe, borrachos o no; se sumergen en la contemplación de su resplandor. Quizá
el elíxir también embriagó a Chang’E y no pudo parar de beber hasta terminar en
la luna misma. Chang’E , Li Bai, Myoe: Borrachos, todos, de luna.
1. Traducción completa del poema en la revista Gran Garabaña: http://www.grangarabana.com/traducciones/poesia/135-shui-diao-ge-tou-pienso-en-ti.html
2. "El bello Japón y yo" Kawabata Yasunari. Colección Japón.
3. "Elogio de la sombra", Tanizaki Junichiro, Ediciones Siruela.
domingo, 23 de junio de 2013
La casa blanca
Le llamaré así porque estaba
llena de luz; también de muebles blancos o de color beige; el sol se reflejaba
en cada una de sus esquinas. La casa blanca no era posible sin la presencia de
mi abuela. Todo estaba, a fin de cuentas, lleno de sus períodos depresivos y de
actividad. En un cuarto había una máquina Singer negra, con montones de
cajones en los que uno podía encontrar miles de tesoros: alfileres en
almohadillas negras, unos más de 100 botones dorados y rojos y azules; en forma
de cinturones y de zapatos. Y si uno levantaba la máquina, en el hueco había
una caja de galletas llena de hilos de miles de colores. También había unos más
ásperos, de color dorado y encajes transparentes.
Si uno miraba el clóset, estaba
lleno de muñecos de peluche y de bonitas muñecas, de las antiguas, con trenza y
vestidos. Y si uno llegaba en navidad, encontraba chimeneas de cerámica pintada
con luces por dentro. De pronto, entre todo, aparecían canasticas de flores de
porcelanicrón y telas hermosísimas: seda y paño y algodón. Todo un universo de
objetos. Afuera de la casa, el jardín estuvo en una época lleno de flores
rosadas, blancas y rojas e inundado de claveles.
En la cocina siempre me causaron
interés las vasijas de madera, donde mezclábamos azúcar y leche y harina para
las tortas de cumpleaños. En el comedor, las tacitas de cristal para el postre,
los pocillos para el tinto y los jarras de cristal fino para el agua. Y en el
patio de atrás, ubicado más abajo de la casa (como un sótano al aire libre) y
lleno de cultivos, las gallinas negras de párpados transparentes que nos
despertaban al amanecer.
En ese patio estaba también el
molino. Entre eso de las cinco y las seis de la tarde había que moler el maíz
peto con pedacitos de panela. La masa entre blanca y café se moldeaba con queso para formar arepas que se ponían sobre el sartén con aceite caliente. Luego,
cuando ya estaban más doradas, esparcíamos sobre ellas una capa de mantequilla.
En los costales, siempre había naranjas y manzanas frescas en abundancia.
Aparte del perro, pasaron varios
animales por la casa. Pollos, hámster, tortugas, pájaros. Hubo también plagas:
La de los cucarrones gigantes que le caían a uno en el pelo; la de las hormigas
que invadían cualquier comida que se dejará en la mesa, la de las cucarachas y
la peor: la de las ratas. Ratas detrás de las puertas, ratas en el horno, ratas
en las bolsas de maíz; ratas caminando en el patio trasero a plena luz del sol;
gordas y largas y grises.
Viví con mis abuelos durante dieciséis
años. Mi cuarto era como el de todas las hijas únicas y mimadas: un
espejo, peluches, barbies y juguetes raros: un tucán que repetía lo que uno
decía y un tren de pila. Y libros de las colecciones de El Tiempo.
Mi abuelo, en cambio, es bien prolijo: un
radio negro, una colección de almanaques mundiales donde me hacía creer que
allí estaba todo lo que uno debía saber y una peinilla.
Cuando tuve quince años, mi
abuela comenzó a sumergirse por completo en la depresión; murieron las flores
del jardín y mi perrita blanca dejo de comer hasta morir también; dejó de escucharse el sonido de la máquina
Singer y las gallinas fueron vendidas. Ya no más tortas de cumpleaños y la
única tradición sobreviviente hasta que me vine a Bogotá fue la de las arepas y
el jugo de naranja al desayuno. También persistió la hermosa letra de mi abuela
y con la que me enseñó a escribir: cursiva y orgullosa, como un ballet.
El domingo pasado murió ella. Todas las muñecas, botones, trenes, telas de seda y tazas de cristal
fueron saqueadas y clasificadas. La casa será vendida o arrendada.
Con la muerte de mi abuela murió
la casa blanca donde viví por muchos
años. Y también, irá muriendo en mí el recuerdo de ésta, convertido solo en
palabras que giran y giran en mi mente y que un día también habrán de perecer. Supongo que cuando eso pase, sabré que he
envejecido.
lunes, 10 de junio de 2013
Domar el mandarín
La obsesión con el idioma empezó, por supuesto, con la curiosidad y preguntas de otros acerca de mi nacimiento y mi vida; si había ido a China o no, o si podía hablar chino. Sin pretender lamentarme, ya que ahora me parece divertido, es un poco extraño ir caminando por la calle (sobre todo cuando era más pequeña y parecía más china) y que de repente un grupo de personas se atravesara y empezara a dar un montón de puños y patadas frente a uno, intentando imitar el estilo Jackie Chan sin resultados satisfactorios.
Entre estudiarlo y enseñarlo llevo unos seis años, quizá no lo suficiente, si uno tiene en cuenta que en el uso común (escrito y hablado) hay inventariados unos entre diez mil y trece mil caracteres, aunque el conjunto total sea de cincuenta mil. ¿cómo aprender por lo menos unos tres mil que le ayuden a uno a medio defenderse, mientras se asimilan los otros siete mil sin volverse loco? Bueno, sinceramente, la cuestión del manicomio queda entre signos de interrogación; aun no sé si mi supuesta lucidez es solo un disfraz. Sin embargo, la otra respuesta, es decir, la de aprenderlos, consiste en tres elementos combinados: Amor, disciplina, paciencia.
Cualquiera me diría que estos tres puntos son necesarios en cualquier cosa: la práctica de un deporte o intentar sostener una relación amorosa, tan delicada siempre como un huevo de porcelana; pero hablo de esto no en los términos del discurso a los que estamos tan acostumbrados; es decir a hablar y hablar cosas, más que a aplicarlas, como hacen varios católicos que conozco. Si hablo de amor se trata de abrazar tanto el mandarín que sea uno capaz de sacrificar la cita con el amiguito para irse a traducir un fragmento de la noticia, así sea la del Periódico del Pueblo, es decir, el primer punto es: aislamiento social gracias a la fascinación por los caracteres. Todo amor implica sacrificio.
Siguiente punto: Si un escritor, dice Bradbury, debería escribir al menos un relato por semana, alguien que quiera dominar el mandarín, en mi opinión, debe dedicar al menos cuatro o seis horas por semana a leer, escuchar, escribir e intentar pensar en el idioma.
La paciencia es un punto clave en la relación con el mandarín y consigo mismo. Como en el dominio de un arte marcial, solo que en este caso no se trata del dominio del cuerpo sino de la propia mente y de la capacidad para de repente desconectarse de todo el mundo circundante y dedicarse a aprender un hermoso caracter de tres niveles, además compuestos por varios radicales representativos, abstractos o fonéticos; aunque lo de la composición corresponde solo a los profesores y a los fascinados por la poesía.
La recompensa: aun no la conozco del todo. Quizá la sabré en unos cinco años. Sin embargo, puedo decir que amo el idioma por el idioma mismo. Su musicalidad y sonidos tonales que a mi parecer suenan mejor en las personas del sur que en las de Beijing, los caracteres en los que a veces encontramos tantos niveles de significación al mismo tiempo que podríamos sacar de cada uno una historia distinta y sobre todo, por encima de todo, su dificultad. El amante del mandarín, en mi opinión, debe ser amante del masoquismo intelectual, aunque siempre debe poseer la suficiente paciencia consigo mismo y su cerebro.
Por supuesto, uno puede aprender superficialmente, sin averiguar qué la palabra Hombre esta compuesta por fuerza y campo de arroz, sino saber simplemente que hombre se dice "nan" y de esa manera se puede uno comunicar con otros. Para qué, al fin y al cabo, tanta poesía.
Pero el verdadero amante del mandarín, creo yo, ama el masoquismo y al mismo tiempo, la poesía de las palabras.
Estudiar mandarín es, al comienzo, como domar un tigre furioso que está a cada momento a punto de lanzarse sobre uno y devorarlo. Y después de domarlo, toca entonces llenarlo de caricias y flores para que se mantenga donde está.
Entre estudiarlo y enseñarlo llevo unos seis años, quizá no lo suficiente, si uno tiene en cuenta que en el uso común (escrito y hablado) hay inventariados unos entre diez mil y trece mil caracteres, aunque el conjunto total sea de cincuenta mil. ¿cómo aprender por lo menos unos tres mil que le ayuden a uno a medio defenderse, mientras se asimilan los otros siete mil sin volverse loco? Bueno, sinceramente, la cuestión del manicomio queda entre signos de interrogación; aun no sé si mi supuesta lucidez es solo un disfraz. Sin embargo, la otra respuesta, es decir, la de aprenderlos, consiste en tres elementos combinados: Amor, disciplina, paciencia.
Cualquiera me diría que estos tres puntos son necesarios en cualquier cosa: la práctica de un deporte o intentar sostener una relación amorosa, tan delicada siempre como un huevo de porcelana; pero hablo de esto no en los términos del discurso a los que estamos tan acostumbrados; es decir a hablar y hablar cosas, más que a aplicarlas, como hacen varios católicos que conozco. Si hablo de amor se trata de abrazar tanto el mandarín que sea uno capaz de sacrificar la cita con el amiguito para irse a traducir un fragmento de la noticia, así sea la del Periódico del Pueblo, es decir, el primer punto es: aislamiento social gracias a la fascinación por los caracteres. Todo amor implica sacrificio.
Siguiente punto: Si un escritor, dice Bradbury, debería escribir al menos un relato por semana, alguien que quiera dominar el mandarín, en mi opinión, debe dedicar al menos cuatro o seis horas por semana a leer, escuchar, escribir e intentar pensar en el idioma.
La paciencia es un punto clave en la relación con el mandarín y consigo mismo. Como en el dominio de un arte marcial, solo que en este caso no se trata del dominio del cuerpo sino de la propia mente y de la capacidad para de repente desconectarse de todo el mundo circundante y dedicarse a aprender un hermoso caracter de tres niveles, además compuestos por varios radicales representativos, abstractos o fonéticos; aunque lo de la composición corresponde solo a los profesores y a los fascinados por la poesía.
La recompensa: aun no la conozco del todo. Quizá la sabré en unos cinco años. Sin embargo, puedo decir que amo el idioma por el idioma mismo. Su musicalidad y sonidos tonales que a mi parecer suenan mejor en las personas del sur que en las de Beijing, los caracteres en los que a veces encontramos tantos niveles de significación al mismo tiempo que podríamos sacar de cada uno una historia distinta y sobre todo, por encima de todo, su dificultad. El amante del mandarín, en mi opinión, debe ser amante del masoquismo intelectual, aunque siempre debe poseer la suficiente paciencia consigo mismo y su cerebro.
Por supuesto, uno puede aprender superficialmente, sin averiguar qué la palabra Hombre esta compuesta por fuerza y campo de arroz, sino saber simplemente que hombre se dice "nan" y de esa manera se puede uno comunicar con otros. Para qué, al fin y al cabo, tanta poesía.
Pero el verdadero amante del mandarín, creo yo, ama el masoquismo y al mismo tiempo, la poesía de las palabras.
Estudiar mandarín es, al comienzo, como domar un tigre furioso que está a cada momento a punto de lanzarse sobre uno y devorarlo. Y después de domarlo, toca entonces llenarlo de caricias y flores para que se mantenga donde está.
domingo, 2 de junio de 2013
Recuerdo de Beidaihe
Cuando desperté, todo ardía en un
crepitar de luz. Por un momento la arena
y el cielo eran siempre y eternamente uno solo. Una llamarada que lo envolvía
todo en el inmenso calor de la mañana. Parecía mentira que a las cuatro de la madrugada, en esa misma playa, dentro de la carpa, hubiera uno sufrido de
congelamiento y ver el amanecer (un sol medio oculto y entre árboles y nubes grisáceas) fuera un tormento helado, mientras se admiraba
a las rusas que se bañaban felices a esa hora.
Beidaihe está ubicada en el
distrito de Qinghuandao en la provincia de Hebei. Es la playa de los rusos. Siendo tal, está diseñada como una hermosa ciudad con casitas de juguete rusas, y
flores iluminadas en la noche, también como de fantasía; todo con sus techitos
triangulares y limpios, y sus ventanitas de cuento de hadas y sus nombres en
ruso; aunque los empleados de los lugares sean todos chinos. Y los turistas,
mujeres europeas perfectas de andar de muñeca y hombres a veces un poco gordos y
entrados en años. Niñitas con trenzas y ojos de color de mar. También había gordos chinos, muy gordos y con cadenas de oro,
junto a mujeres muy flacas y arregladas; y luego al final del día, parejas asiáticas conduciendo motos en la noche, con sus alucinantes balacas de orejas de conejo
sobre sus cabezas.
El día y la noche anterior
habíamos visto todo eso; la gente que
bajaba en ríos interminables hacía la playa y con todo el cuerpo tatuado, jugando
sobre la arena, cartas y voleibol en la tarde. Después, en la noche, las olas gigantes que se estrellaban contra
las piedras en una de las playas bajo el puente; tiendas de todo tipo de
adornos con peces globo, peluches y bebidas en
un delicioso revuelto; un restaurante donde los platos no estaban muy
limpios y había que pagar por los palillos y, también, bares entre ramplones y
sofisticados, con esa misma elegancia feliz de las regiones calurosas. Y por
supuesto, toda la arena, toda la playa, rebosante por completo de color y de
algarabía de punticos y punticos de gente en el mar y hacia el horizonte.
Me perdí. Porque estaba hablando de la mañana cálida y
el crepitar de luz; el calor en los pies y el devorar del sol sobre la arena en
la que dormía Rodrigo, mi amigo
argentino, que acostumbra a dormir con los ojos abiertos. Y dentro estaban
Sofía y Natalia, las amigas chinas con nombres en español.
La arena china, al menos la de
Beidaihe, es más dura que la de San
Andrés y el mar, completamente doloroso en un sentido literal. Meterse pica en el cuerpo, por alguna razón, y había además montones de medusas muertas que
terminaban sobre la orilla, con su horrible transparencia. A pesar de todo,
cada vez que veo agua nada puede detenerme, así que con los riesgos de las
medusas y la picazón me lancé en esa mañana caliente sobre la calidez en la que un montón de
personas chinas se balanceaban con tiernos flotadores de color anaranjado; lucían graciosos en la parte trasera de sus
cuerpos.
Pero hablaba de cómo me dirigí a nadar mientras Sofía, mi mejor amiga china, se quedaba en el borde con
una sombrilla ya que las mujeres orientales en general tienen
miedo de que el exceso de sol dañe la piel y no se broncean. Entré al mar y jugamos con Rodrigo a lanzarnos agua y luego nadé, con esa sensación de pesadez, siempre mirando
hacía el cielo, hasta que ya no podía
tocar el piso y aumentaban las personas con flotadores y podía sentir el ardor en los ojos y en la piel.
Seguí sin embargo y luego levanté goticas de agua que brillaron y di giros y vueltas mientras a lo lejos, sonaba la risa de Sofía.
A final me volteé y le dije adiós con la mano
mientras volvía a alejarme.
domingo, 26 de mayo de 2013
Marruecos
Los domingos, entre las nueve de
la mañana y las cuatro de la tarde, mi
barrio Marruecos se desborda en un colorido de luz y de pasos; el amanecer se
disfraza de trajes elegantes y camisas blancas en aquellos que se preparan para ir a la iglesia.
Y también, pintas de jeans y coloridas blusas en mujeres que salen a dar paseos
junto a sus novios, esposos, hijos, mascotas. El parque es siempre una confusión donde
se mezclan los jugadores de básquet, el espectáculo de rap del día, un hombre
alto de ojos claros que va regando burbujas hacia el cielo, niños que juegan en
los columpios y bebés que lloran en los regazos de sus madres; ellas, relajadas
en camisetas y tenis, reposan sobre el pasto con esa seguridad de mujeres que
se sientan a ver pasar la vida.
Marruecos está en el sur de Bogotá, a una
hora, hora y media o más de los principales centros de trabajo y de estudio. No
tiene encantos especiales, ni prados bien cuidados, ni bares bonitos ni centros
comerciales. Pero me agrada el espectáculo de sus noches y sus domingos, de
gente hablando y caminando y comiéndose el helado del día.
Me gustan las parejas
adolescentes, rebosantes de una ternura que produce nostalgia.
Y la mujer entrada en años, manicurista,
que espera con ilusión a su novio para que la saque a tomar algo.
Y los patos sueltos en mi
conjunto, delgados y con sus picos anaranjadísimos, toman agua de los charcos
que quedaron de la lluvia.
Y los gatos grises y de rayas
cafés saltan en el jardín, entre matas de rosas y orquídeas blancas.
Y el mercado, donde sobre todo huele a mango
maduro y a veces a piña. Para oler, en cambio, la papaya o las naranjas o las
pitayas, hay que acercar la nariz y casi aspirar la piel de la fruta.
Algunos vendedores son paisas y
lo saludan a uno con un hermoso y decente piropo y luego le cuentan cualquier
cosa sobre el día o sobre la lluvia o el partido.
Claro que también está la vendedora a la que
dicen “la mona” . En efecto mona y con ojos gigantes y una sonrisa bellísima,
empaca todo con rapidez y al mismo tiempo una calma sorprendente.
Siempre, en Marruecos, puede
pasar algo nuevo. Aparecer un nuevo animal extraño tomando agua junto a los
patos o alzarse un circo para niños en el parque de atrás. O llegar el nuevo
vendedor que se para en una esquina y le da a probar a uno un trozo de los
aguacates más exquisitos del mundo.
Si un día me voy de allí espero
encontrar en otro barrio la misma animación y el mismo colorido del mío. Lástima, sin embargo, que por el olvido en el que se tiene al sur de Bogotá, sus calles sean tan descuidadas, mal construidas y llenas a veces de una suciedad no muy poética.
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