domingo, 30 de junio de 2013

Borrachos de luna

China enamorada

En  lo poco que conozco de esa cultura, me gusta la forma en que los chinos se enamoran de la luna; en los poemas taoístas uno encuentra conexiones entre  la luna y la embriaguez, la meditación,  la separación y luego el sentimiento de unión que produce verla completa en el cielo, independientemente de si los seres queridos están al otro lado de nuestro mundo (es decir, en China).
Resulta que en la luna vive la inmortal Chang E. Su esposo, un héroe que había derribado nueve soles, decidió ir en busca del elíxir de la inmortalidad. La diosa de la montaña le dio la pócima, de la cual Chang E y su marido debían beber la mitad cada uno. Unos dicen que de aposta y otros que por afán, Chang E se bebió sola todo el elíxir. De pronto, su cuerpo se volvió ligero y salió volando por la ventana en dirección a la luna. El único que alcanzó a agarrarse a su falda fue un conejo que tenía de mascota.
Desde entonces, en su vida de soledad en el palacio frío de la luna, la bella Chang E mira hacia la tierra con melancolía.
Esto, dicen también, es posible verlo durante el festival de Medio Otoño, cuando los trabajadores vuelven a reunirse con sus familias, contemplar la redondez y la blancura del astro y comer  tortas rellenas de semilla de loto, fríjol dulce, pasta de azufaifo; entre otras. Mientras come, la familia intenta divisar a la pobre Chang E.
Su Shi se entrega, al parecer, al alcohol, mientras se inspira en cosas tan hermosas como ésta: ¿Cuándo se mostrará la luna? Mientras bebo un vaso de licor le pregunto al cielo. / En el palacio de los dioses, ¿qué año será? / Quiero volver al cielo a través del viento, pero temo que en el palacio de jade de la luna / no pueda aguantar el frío de lo alto. En mi imaginación me pongo a bailar con la luna, como si estuviese entre el viento y las nubes, ¡ellos no se pueden comparar con la tierra!”1.
Y en una de las canciones más populares de los chinos, la luna es símbolo de la sinceridad y transparencia del sentimiento.  Es esa que dice, en mi traducción chambona, (perdón): “Me preguntas si  yo te amo, lo hago a cada instante/ tanto mi sentimiento como mi amor son verdaderos/ la luna representa mi corazón”. Acá cantada por la hermosa Teresa Teng: http://www.youtube.com/watch?v=snq5ZLaL6y8y y por la voz de la soprano occidental Hayley Western: http://www.youtube.com/watch?v=eYeg_OazUqA

Japón

Los japoneses, fieles herederos de la poesía china de la época Tang, también tienen una fascinación curiosa. Recitaba Myoe como resultado de sus meditaciones:
Oh brillante, brillante
oh brillante, brillante, brillante
oh brillante, brillante.
Brillante, oh brillante, brillante,
brillante, oh brillante luna.
Dice de esto Kawabata: Viendo a la luna, el poeta se convierte en la luna; la luna, vista por el poeta, llega a ser el poeta. Al sumergirse en la naturaleza, forma un todo con ella. Así, la luz del corazón puro del monje, mientras medita en el Pabellón durante la oscuridad que precede al amanecer, se transforma para la luna del amanecer en su propia luz".2

Por otra parte, me encanta el alegato de Junichiro Tanizaki  en “El elogio de la sombra”, donde no solo se va en  ristre contra el alumbrado sino contra muchas otras costumbres adoptadas por la sociedad japonesa en su época. Para él, una iluminación moderna elimina el juego de luz y de sombras producido por la luz lunar y la oscuridad, ahí está: 

En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra. Lo bello no es una sustancia en sí sino un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de las diferentes sustancias que van formando el juego sutil de las modulaciones de la sombra.3”.

Podría seguir enumerando casos, pero ya me estoy extendiendo demasiado y haciendo desorden. No haré conclusiones sobre la luna y sus conexiones. Diría que la que más me gusta es idea de la “meditación lunar”; esa en la que Li Bai y Myoe, borrachos o no; se sumergen en la contemplación de su resplandor. Quizá el elíxir también embriagó a Chang’E y no pudo parar de beber hasta terminar en la luna misma. Chang’E , Li Bai, Myoe: Borrachos, todos, de luna. 

1. Traducción completa del poema en la revista Gran Garabaña: http://www.grangarabana.com/traducciones/poesia/135-shui-diao-ge-tou-pienso-en-ti.html
2. "El bello Japón y yo" Kawabata Yasunari. Colección Japón. 
3. "Elogio de la sombra", Tanizaki Junichiro, Ediciones Siruela. 

domingo, 23 de junio de 2013

La casa blanca

Le llamaré así porque estaba llena de luz; también de muebles blancos o de color beige; el sol se reflejaba en cada una de sus esquinas. La casa blanca no era posible sin la presencia de mi abuela. Todo estaba, a fin de cuentas, lleno de sus períodos depresivos y de actividad. En un cuarto había una máquina Singer negra, con montones de cajones en los que uno podía encontrar miles de tesoros: alfileres en almohadillas negras, unos más de 100 botones dorados y rojos y azules; en forma de cinturones y de zapatos. Y si uno levantaba la máquina, en el hueco había una caja de galletas llena de hilos de miles de colores. También había unos más ásperos, de color dorado y encajes transparentes.
Si uno miraba el clóset, estaba lleno de muñecos de peluche y de bonitas muñecas, de las antiguas, con trenza y vestidos. Y si uno llegaba en navidad, encontraba chimeneas de cerámica pintada con luces por dentro. De pronto, entre todo, aparecían canasticas de flores de porcelanicrón y telas hermosísimas: seda y paño y algodón. Todo un universo de objetos. Afuera de la casa, el jardín estuvo en una época lleno de flores rosadas, blancas y rojas e inundado de claveles.
En la cocina siempre me causaron interés las vasijas de madera, donde mezclábamos azúcar y leche y harina para las tortas de cumpleaños. En el comedor, las tacitas de cristal para el postre, los pocillos para el tinto y los jarras de cristal fino para el agua. Y en el patio de atrás, ubicado más abajo de la casa (como un sótano al aire libre) y lleno de cultivos, las gallinas negras de párpados transparentes que nos despertaban al amanecer.
En ese patio estaba también el molino. Entre eso de las cinco y las seis de la tarde había que moler el maíz peto con pedacitos de panela. La masa entre blanca y café se moldeaba con queso para formar arepas que se ponían sobre el sartén con aceite caliente. Luego, cuando ya estaban más doradas, esparcíamos sobre ellas una capa de mantequilla. En los costales, siempre había naranjas y manzanas frescas en abundancia.
Aparte del perro, pasaron varios animales por la casa. Pollos, hámster, tortugas, pájaros. Hubo también plagas: La de los cucarrones gigantes que le caían a uno en el pelo; la de las hormigas que invadían cualquier comida que se dejará en la mesa, la de las cucarachas y la peor: la de las ratas. Ratas detrás de las puertas, ratas en el horno, ratas en las bolsas de maíz; ratas caminando en el patio trasero a plena luz del sol; gordas y largas y grises.
Viví con mis abuelos durante dieciséis años. Mi cuarto era como el de todas las hijas únicas y mimadas: un espejo, peluches, barbies y juguetes raros: un tucán que repetía lo que uno decía y un tren de pila. Y libros de las colecciones de El Tiempo.
Mi abuelo, en cambio, es bien prolijo: un radio negro, una colección de almanaques mundiales donde me hacía creer que allí estaba todo lo que uno debía saber y una peinilla.
Cuando tuve quince años, mi abuela comenzó a sumergirse por completo en la depresión; murieron las flores del jardín y mi perrita blanca dejo de comer hasta morir también;  dejó de escucharse el sonido de la máquina Singer y las gallinas fueron vendidas. Ya no más tortas de cumpleaños y la única tradición sobreviviente hasta que me vine a Bogotá fue la de las arepas y el jugo de naranja al desayuno. También persistió la hermosa letra de mi abuela y con la que me enseñó a escribir: cursiva y orgullosa, como un ballet.
El domingo pasado murió ella. Todas las muñecas, botones, trenes, telas de seda y tazas de cristal fueron saqueadas y clasificadas. La casa será vendida o arrendada.

Con la muerte de mi abuela murió la casa blanca  donde viví por muchos años. Y también, irá muriendo en mí el recuerdo de ésta, convertido solo en palabras que giran y giran en mi mente y que un día también habrán de perecer. Supongo que cuando eso pase, sabré que he envejecido. 

lunes, 10 de junio de 2013

Domar el mandarín

La obsesión con el idioma empezó, por supuesto, con la curiosidad y preguntas de otros acerca de mi nacimiento y mi vida;  si había ido a China o no, o si podía hablar chino. Sin pretender lamentarme, ya que ahora me parece divertido, es un poco extraño ir caminando por la calle (sobre todo cuando era más pequeña y parecía más china) y que de repente un grupo de personas se atravesara y empezara a dar un montón de puños y patadas frente a uno, intentando imitar el estilo Jackie Chan sin resultados satisfactorios.

Entre estudiarlo y enseñarlo llevo unos seis años, quizá no lo suficiente, si uno tiene en cuenta que en el uso común (escrito y hablado) hay inventariados unos entre diez mil y trece mil caracteres, aunque el conjunto total sea de cincuenta mil. ¿cómo aprender por lo menos unos tres mil que le ayuden a uno a medio defenderse, mientras se asimilan los otros siete mil sin volverse loco? Bueno, sinceramente, la cuestión del manicomio queda entre signos de interrogación; aun no sé si mi supuesta lucidez es solo un disfraz. Sin embargo, la otra respuesta, es decir, la de aprenderlos, consiste en tres elementos combinados: Amor, disciplina, paciencia.

Cualquiera me diría que estos tres puntos son necesarios en cualquier cosa: la práctica de un deporte o intentar sostener una relación amorosa, tan delicada  siempre como un huevo de porcelana; pero hablo de esto  no en los términos del discurso a los que estamos tan acostumbrados; es decir a hablar y hablar cosas, más que a aplicarlas, como hacen varios católicos que conozco. Si hablo de amor se trata de abrazar tanto el mandarín que sea uno capaz de sacrificar la cita con el amiguito para irse a traducir un fragmento de la noticia, así sea la del Periódico del Pueblo, es decir, el primer punto es: aislamiento social gracias a la fascinación por los caracteres. Todo amor implica sacrificio.

Siguiente punto: Si un escritor, dice Bradbury, debería escribir al menos un relato por semana, alguien que quiera dominar el mandarín, en mi opinión, debe dedicar al menos cuatro o seis horas por semana a leer, escuchar, escribir e intentar pensar en el idioma.

La paciencia es un punto clave en la relación con el mandarín y consigo mismo. Como en el dominio de un arte marcial, solo que en este caso no se trata del dominio del cuerpo sino de la propia mente y de la capacidad para de repente desconectarse de todo el mundo circundante y dedicarse a aprender un hermoso caracter de tres niveles, además compuestos por varios radicales representativos, abstractos o fonéticos; aunque lo de la composición corresponde solo a los profesores y a los fascinados por la poesía.

La recompensa: aun no la conozco del todo. Quizá la sabré en unos cinco años. Sin embargo, puedo decir que amo el idioma por el idioma mismo. Su musicalidad y sonidos tonales que a mi parecer suenan mejor en las personas del sur que en las de Beijing,  los caracteres en los que a veces encontramos tantos niveles de significación al mismo tiempo que podríamos sacar de cada uno una historia distinta y sobre todo, por encima de todo,  su dificultad. El amante del mandarín, en mi opinión,  debe ser amante del masoquismo intelectual, aunque siempre debe poseer la suficiente paciencia consigo mismo y su cerebro.

Por supuesto, uno puede aprender superficialmente, sin averiguar qué la palabra Hombre esta compuesta por fuerza y  campo de arroz, sino saber simplemente  que hombre se dice "nan" y de esa manera se puede uno comunicar con otros. Para qué, al fin y al cabo, tanta poesía.

Pero el verdadero amante del mandarín, creo yo, ama el masoquismo y al mismo tiempo, la poesía de las palabras.

Estudiar mandarín es, al comienzo, como domar un tigre furioso que está a cada momento a punto de lanzarse sobre uno y devorarlo. Y después de domarlo, toca entonces llenarlo de caricias y flores para que se mantenga donde está.

domingo, 2 de junio de 2013

Recuerdo de Beidaihe

Cuando desperté, todo ardía en un crepitar de luz.  Por un momento la arena y el cielo eran siempre y eternamente uno solo. Una llamarada que lo envolvía todo en el inmenso calor de la mañana. Parecía mentira que a las cuatro de la madrugada, en esa misma playa, dentro de la carpa, hubiera uno sufrido de congelamiento y ver el amanecer (un sol medio oculto y entre árboles y nubes grisáceas) fuera un tormento helado, mientras se admiraba a las rusas que se bañaban felices a esa hora.  

Beidaihe está ubicada en el distrito de Qinghuandao en la provincia de Hebei. Es la playa de los rusos. Siendo tal, está diseñada como una hermosa ciudad con casitas de juguete rusas, y flores iluminadas en la noche, también como de fantasía; todo con sus techitos triangulares y limpios, y sus ventanitas de cuento de hadas y sus nombres en ruso; aunque los empleados de los lugares sean todos chinos. Y los turistas, mujeres europeas perfectas de andar de muñeca y hombres a veces un poco gordos y entrados en años. Niñitas con trenzas y ojos de color de mar.  También había gordos chinos, muy gordos y con cadenas de oro, junto a mujeres  muy flacas y arregladas; y luego al final del día, parejas asiáticas conduciendo motos en la noche, con sus alucinantes balacas de orejas de conejo sobre sus cabezas.

El día y la noche anterior habíamos visto todo eso;  la gente que bajaba en ríos interminables hacía la playa y con todo el cuerpo tatuado, jugando sobre la arena, cartas y voleibol en la tarde. Después, en la noche,  las olas gigantes que se estrellaban contra las piedras en una de las playas bajo el puente;  tiendas de todo tipo de adornos con peces globo, peluches y bebidas en  un delicioso revuelto; un restaurante donde los platos no estaban muy limpios y había que pagar por los palillos y, también,  bares entre ramplones y sofisticados, con esa misma elegancia feliz de las regiones calurosas. Y por supuesto, toda la arena, toda la playa, rebosante por completo de color y de algarabía de punticos y punticos de gente en el mar y hacia el horizonte.

Me perdí.  Porque estaba hablando de la mañana cálida y el crepitar de luz; el calor en los pies y el devorar del sol sobre la arena en la que dormía Rodrigo,  mi amigo argentino, que acostumbra a dormir con los ojos abiertos. Y dentro estaban Sofía y Natalia, las amigas chinas con nombres en español.

La arena china, al menos la de Beidaihe,  es más dura que la de San Andrés y el mar, completamente doloroso en un sentido literal. Meterse pica en el cuerpo, por alguna razón, y había además montones de medusas muertas que terminaban sobre la orilla, con su horrible transparencia. A pesar de todo, cada vez que veo agua nada puede detenerme, así que con los riesgos de las medusas y la picazón me lancé en esa mañana caliente sobre la calidez en la que un montón de personas chinas se balanceaban con tiernos flotadores de color anaranjado;  lucían graciosos en la parte trasera de sus cuerpos.

Pero hablaba de cómo me dirigí a nadar mientras Sofía, mi mejor amiga china, se quedaba en el borde con una sombrilla ya que las mujeres orientales en general tienen miedo de que el exceso de sol dañe la piel y no se broncean. Entré al mar y jugamos con Rodrigo a lanzarnos agua y luego nadé, con esa sensación de pesadez, siempre mirando hacía el cielo,  hasta que ya no podía tocar el piso y aumentaban las personas con flotadores y  podía sentir el ardor en los ojos y en la piel. Seguí sin embargo y luego levanté goticas de agua que brillaron y  di giros y vueltas  mientras a lo lejos, sonaba la risa de Sofía.

A final me volteé y le dije adiós con la mano mientras volvía a alejarme.