Los domingos, entre las nueve de
la mañana y las cuatro de la tarde, mi
barrio Marruecos se desborda en un colorido de luz y de pasos; el amanecer se
disfraza de trajes elegantes y camisas blancas en aquellos que se preparan para ir a la iglesia.
Y también, pintas de jeans y coloridas blusas en mujeres que salen a dar paseos
junto a sus novios, esposos, hijos, mascotas. El parque es siempre una confusión donde
se mezclan los jugadores de básquet, el espectáculo de rap del día, un hombre
alto de ojos claros que va regando burbujas hacia el cielo, niños que juegan en
los columpios y bebés que lloran en los regazos de sus madres; ellas, relajadas
en camisetas y tenis, reposan sobre el pasto con esa seguridad de mujeres que
se sientan a ver pasar la vida.
Marruecos está en el sur de Bogotá, a una
hora, hora y media o más de los principales centros de trabajo y de estudio. No
tiene encantos especiales, ni prados bien cuidados, ni bares bonitos ni centros
comerciales. Pero me agrada el espectáculo de sus noches y sus domingos, de
gente hablando y caminando y comiéndose el helado del día.
Me gustan las parejas
adolescentes, rebosantes de una ternura que produce nostalgia.
Y la mujer entrada en años, manicurista,
que espera con ilusión a su novio para que la saque a tomar algo.
Y los patos sueltos en mi
conjunto, delgados y con sus picos anaranjadísimos, toman agua de los charcos
que quedaron de la lluvia.
Y los gatos grises y de rayas
cafés saltan en el jardín, entre matas de rosas y orquídeas blancas.
Y el mercado, donde sobre todo huele a mango
maduro y a veces a piña. Para oler, en cambio, la papaya o las naranjas o las
pitayas, hay que acercar la nariz y casi aspirar la piel de la fruta.
Algunos vendedores son paisas y
lo saludan a uno con un hermoso y decente piropo y luego le cuentan cualquier
cosa sobre el día o sobre la lluvia o el partido.
Claro que también está la vendedora a la que
dicen “la mona” . En efecto mona y con ojos gigantes y una sonrisa bellísima,
empaca todo con rapidez y al mismo tiempo una calma sorprendente.
Siempre, en Marruecos, puede
pasar algo nuevo. Aparecer un nuevo animal extraño tomando agua junto a los
patos o alzarse un circo para niños en el parque de atrás. O llegar el nuevo
vendedor que se para en una esquina y le da a probar a uno un trozo de los
aguacates más exquisitos del mundo.
Si un día me voy de allí espero
encontrar en otro barrio la misma animación y el mismo colorido del mío. Lástima, sin embargo, que por el olvido en el que se tiene al sur de Bogotá, sus calles sean tan descuidadas, mal construidas y llenas a veces de una suciedad no muy poética.