jueves, 28 de marzo de 2013

La nieve

Había soportado el frío que resecaba las manos y los pies hasta no dejar ningún deseo. Había vivido el hambre parcialmente, o al menos el hambre que te hace acostarte pensando en pasta con queso parmesano y manjares árabes y frutas exóticas imposibles de conseguir en ese momento porque te quedan unos pocos euros para sobrevivir, junto a tu orgullo y tu romanticismo. Había  soportado el cielo; primero gris y morado y luego, por unas dos semanas, azul, dando la ilusión de que no estaba en la ciudad más contaminada del mundo. Y de repente, de un segundo a otro, como si realmente hubiera un ángel que traspasara mi vulnerabilidad en los momentos más desesperados,  había cambiado mi suerte y me encontraba en un tren con uno de mis mejores amigos (mi hermano Carlos) y  Horacio, que había llegado por viaje de turismo.

Los camarotes y su espacio eran tan diminutos que alcanzaba a tocar fácilmente el techo y apenas lograba  mover el cuello para ver dentro de  la oscuridad, durante el eterno viaje de doce horas, el desierto que se extendía inmenso hacía el fin. Y entonces, de repente, como si saliera de un sueño olvidado, como si una de esas bolitas de cristal se desparramara sobre el mundo entero (el que me rodeaba), estaba la allí, la nieve sobre los techos de las casas, la deliciosa humedad en la nariz y en los jardines, el blanco centelleante y un poco sucio a veces,pero perfecto para quien ha vivido el hielo desértico de un Beijing contaminado. Estábamos en Pingyao y sus callecitas de piedra y sus murallas grises y sus bancos antiguos y la cárcel y la casa de torturas donde se consumirían los gritos ahogados de aquellos que habían pisado las esquinas de sus  cuartos.

Recuerdo las galletas crocantes y dulces al paladar, con un almíbar traído de quien sabe donde; las vendían por todas partes las mujeres. Recuerdo los anuncios de carne de perro. Recuerdo las peleas de Horacio y mi hermano por el camino que debíamos tomar. Recuerdo el acogedor silencio en mi cuarto tras  haber tomado una ducha caliente; y entonces la llamada de mi primer amor, justo desde el otro lado del mundo. Recuerdo el vino amarillo en un bar donde el mesero (Uno de los primeros hombres chinos apuestos que veía en mi vida) nos hablo en un perfecto inglés de Hong Kong. Y también los mercados, con porcelana y madera y bronce, y y armas de juguete y piedras que se suponían antiguas.

Pero lo que más recuerdo es el viaje al templo. Es extraño que uno pueda haber visto mil templos de todos los estilos y de pronto el único que uno cargué realmente en el corazón sea ese; el del día en que nos subimos a un taxi- bicicleta y el conductor iba cantando todo el camino, y nosotros, apenas cubiertos por un plástico, veíamos a lo lejos el paisaje de árboles  altísimos y blancos y los cultivos que se hundían en el hielo; todo consumido en el esplendor de un paisaje invernal mientras aquel hombre cantaba a través de los inmensos terrenos que se ahogaban y se descongelaban en el estertor de sus palabras, y de vez en cuando se bajaba para preguntarnos si teníamos mucho frío y le decíamos que no y seguíamos allí, embobados en esa melodía de blancura y silencio atravesado por una canción en dialecto que nada y todo nos decía.

Recuerdo  una sala grandísima con budas de madera desgastados por el peso de al menos mil años, quizá más. Recuerdo el Buda de los mil brazos siempre abarcando el mundo. Recuerdo las miradas aterradoras de los guardianes del infierno. Pero más que otra cosa,  recuerdo al hombre arrodillándose con simplicidad y prendiendo incienso ante cada uno de aquellos santuarios. El hombre se inclinaba y nosotros, extranjeros que no sabían el ritual, simplemente lo mirábamos, mientras él continuaba allí,  sencillo y espiritual y alegre como un niño.

¨Pronto Pingyao se volverá un recuerdo que se asemejará a un sueño¨, escribí en mi diario el 18 de febrero de 2012.  Pero también escribí:  ¨Con cada viaje y cada recorrido nos miramos en el espejo de un río interminable, a donde nos llevan sus aguas es una pregunta que no tiene por qué angustiarnos"

Pingyao cambiará. Quizá un día vuelva y no lo reconozca. Quizá un día no reconoceré nada de lo que soy ahora y estas palabras se hundirán en el olvido. Pero elijo cargar en mi corazón el blanco de la naturaleza y la sonrisa pura de ese hombre-niño.

Ese es mi templo.


domingo, 3 de marzo de 2013

Las mariposas de acero

Me encontré con este tesoro en una vieja librería del barrio La Soledad. Se titula "El sexo inútil", nombre que inicialmente me hizo suponer que se trataba de  filosofía y panfletos feministas. Sin embargo, cuando lo abrí, me di cuenta de que era algo más simple o quizá más complejo para la banalidad de nuestros días, un libro perteneciente a esa época en que el periodismo se escribía yendo al lugar de los hechos, enterándose por fuentes de primera mano, con ayuda de libros y de la vida misma; no encerrándose por ocho horas en una oficina mientras se redactan veinte noticias o se saca un resumen  a partir de comunicados provenientes de agencias y empresas con intereses de todo tipo.

Pero dejando de lado la quejadera... Oriana Fallaci, italiana, culta y conocida por sus ideas liberales; narra en un estilo que vuelve a recordarnos esa tradición literaria en la que se inscribieron Kapuscinski y Capote. Estos relatos surgen de un viaje que realizó para el diario  L'Europeo con el fin de contar como eran o siguen siendo las mujeres de diversos países, pasando por Pakistán, India, Hong Kong, Japón y otros. A  través de  un recorrido duro y díficil en compañía de su fotográfo; Fallaci conoce a las "mariposas de acero" de la India, visita una tribu de matronas indonesas que abrieron sus viviendas en lo profundo de la selva, y cena junto a las tradicionales y  sensuales chinas de Hong Kong (mientras analiza a las de la China comunista, ya que se le niega el visado) . Fallaci no deja de lado detalles como aquellas que mujeres que viven en el esplendor de un pasado ya muerto hace tiempo; es el caso de la princesa india Aesha, que añora sus seiscientos elefantes, mientras el palacio en el que vivía  se convierte en un hotel y su habitación se vuelve cuarto de turistas más o menos adinerados.

Escrito en 1962, el libro retrata una sociedad cambiante donde la mujer se ha empoderado  de diferentes logros (el control de la reproducción en India, la lucha de revolucionaria en China) o permanece estancada aunque dando pequeños pasos para salir de un mundo completamente controlado por hombres(Karachi, Pakistán). Aunque se queda un poco corta en las conclusiones, la pieza está contada con  gran sensibilidad y además no desentona para nada en nuestros tiempos. Aun con todos los avances o quizá debido a ellos, el tema de la mujer, su independencia, estabilidad y sentimientos en una sociedad como la colombiana; sigue siendo pan de cada día. Al fin y al cabo, debido a su  inseguridad, muchas siguen sin atreverse a ser mariposas de acero.

Decía Fallaci y aun podemos decirlo en ciertos ambientes: "Y como cualquiera que no recuerda tener orejas porque cada mañana se las encuentra en su sitio, y únicamente cuando padece de otitis advierte su existencia, se me ocurrió que los problemas fundamentales del hombre nacen de cuestiones económicas, raciales, sociales; pero los problemas fundamentales de la mujer nacen también y muy especialmente de esto: El hecho de ser mujer".


viernes, 11 de enero de 2013

Música de puertas

Cuando se despertaba oía la misma música del abrir de puertas y los chorros de agua en los baños. La almohada la ahorcaba. "Tengo que ir, tengo que ir... "  Hiroka, la compañera de cuarto, se desperezaba  lentamente en el idioma universal de la pereza,  aunque en la cuestión de la piel y la moral las dos estuvieran  muy lejos. Luego venía el aire de invierno que convertía su organismo en una roca insensible, hasta que una ducha de agua tibia  la sacaba del helaje capaz de borrar cualquier alegría o lágrima: la risa se petrificaba en la sequedad de los quince grados bajo cero.   Corría hacia la panadería donde vendían aquellas cosas riquísimas; postres de frutas y de queso. Se embutía uno acompañado por un capuchino y pasaba el túnel apreciando el aire congelado, el ruido de los carros y el peso de  caminar en soledad  más de tres cuadras largas hasta la estación del metro. No había pensamiento o si lo había era fugaz. Había solo cuerpo y sensación en esa interminable caminata. En ese ir y venir frente a un montón de caras impasibles que a veces la miraban con curiosidad por ser distinta, hunxue, sangre mezclada.

Y entonces se volvía a despertar de nuevo, al otro lado de aquel mundo, ahora en una cama cómoda pero con muchos ácaros, en un clima húmedo, junto a su madre siempre buena.Eran las mañanas cálidas en las que sus ojos deseaban desaparecer aquellas memorias. En esa frontera entre el sueño y la vida, ansiaba quedarse reviviendo un instante o matarlo de un solo tiro. Ninguna de las dos era posible.

En un solo recuerdo, ella toda, se desvanecía y se volvía pura transparencia.

Su  vulnerabilidad no podía ser atravesada más que por un ángel. 

lunes, 20 de agosto de 2012

Darle bofetadas al destino

Confucio decía que todo hombre superior se vigila a sí mismo, incluso en soledad. Según creo, se refería a que los ritos y normas de comportamiento no solo debían cumplirse en frente de otros sino que debían ser interiorizados. Esta filosofía me encanta, pero me aburre un poco. Me encanta porque Confucio propone en cierto modo un anarquismo; de acuerdo a él un día todos actuaremos de forma tan ordenada que no necesitaremos de instituciones ni jueces que señalen al culpable; no habrá ningún culpable. Me aburre, sin embargo, cuando me doy cuenta de que son las transgresiones y no las ordenadas normas de comportamiento tan atribuidas a este filósofo las que conmueven el mundo, como cuando uno está dormido y un ruido ensordecedor lo saca del sueño. Mis personajes literarios favoritos son muy transgresores: El Jugador de Dostoievski se planta ante el barón y la baronesa con sus comentarios infantiles y juega todo su dinero por Polina, que lo trata con desprecio. Ana Karenina (Tolstoi) se presenta con su amante frente a toda la sociedad pacata se su época. Nastasia Filippovna de El Idiota (De nuevo Dostoievski), arroja todo el dinero al fuego aun a riesgo de lo que pueda pasar, Satoko en Nieve de Primavera (Mishima) lleva el deseo a tal límite que este desaparece y para contrapeso se hace monja budista; ella vive en medio de un mundo hipócrita que ha perdido todo concepto de la conexión entre rituales sociales y verdades profundas.

 En cierto momento estos divertidos personajes dejan de vigilarse a sí mismos, dejan de ser buenos y se entregan al egoísmo de hacer lo que se les venga en gana, aún sabiendo que tendrán que afrontar nefastas consecuencias. Se lanzan al riesgo de vivir o de sentir y dejan todo razonamiento o lógica a un lado. Si lo trasladamos a lo social, fue el hippismo y sus figuras más representativas las que nos llevaron a plantearnos nuevos esquemas y posibilidades. O el nadaísmo en Colombia. O el Marqués de Sade: fue tan al extremo de querer tambalear la sociedad victoriana que aún hoy nos hace sonrojar con sus violencias.

 Parece que el mundo lleva de todas maneras un contrapeso de fuerzas: tenemos que anclarnos en algo, asirnos de rutinas, normas y disciplina para mantener el engranaje de algo que no solo gira alrededor nuestro sino adentro, en la propia cordura y equilibrio mental. Los ritos también alimentan. Del otro lado está el viaje o una mirada o una muerte; algo fuerte que sacuda y destruya toda certeza. Y hay esta la verdadera prueba a la costumbres. Y a la transparencia de los propios, sentimientos e ideas. Me gustan las disciplinas porque dan una base, un saber, pero son solo las trasgresiones, los riesgos que podemos tomar de cuando en cuando los que nos permiten ir más allá de nosotros mismos. De pronto, los hombres que saben vigilarse a sí mismos saben también cuando deben dejar de hacerlo para abrir una puerta, un camino.

 Quizá, Confucio también era un trasgresor, pero nos quedamos solo con la cáscara socialmente aceptada, con la norma, porque hablar de anarquía sería demasiado. “Hubiera debido retirarme entonces, pero sentí en mí una sensación extraña, como un deseo de desafiar al destino, de darle una bofetada, de sacarle la lengua”, decía Dostoievski en El Jugador.