domingo, 28 de abril de 2013

Los libros junto a mi almohada


En una tarde de lluvia y pereza bogotana como ésta, lo ideal al menos para mí sería estar echada en  cama leyendo un buen libro y bebiendo una taza de chocolate. Como todos estos días  han sido igual de lluviosos e incitan a querer leer eternamente dentro de las cobijas sin hacer nada más, me puse a pensar en cuales serían los diez libros que elegiría para tener junto a mi almohada; esto es: para los días lluviosos, para antes de dormir y quizá, antes de entregarme al sueño inmenso de la muerte. Por supuesto los “Top diez” no son muy agradables, y más si se trata de libros. Con el paso de los años, uno puede cambiar de opinión, y sucede más en mi caso, por el hecho no haber leído suficientes clásicos y carecer de una buena formación literaria. Sin embargo, como  en una librería vi últimamente que entre los más leídos estaban “Cincuenta sombras de Grey” y “No hay causa perdida” de Uribe, haré el ejercicio de elaborar una lista variopinta solo para rebelarme contra los gustos de la mayoría colombiana:  
De Marguerite Yourcenar Cuentos orientales  para volver a las visiones de una escritora que, aun teniendo formación literaria occidental, amaba y entendía la filosofía de un oriente rico en sus mitos y  antigua belleza.

De Fedor Dostoievski “Los hermanos Kamarazov”, y así antes de dormir poder recordar como los sentimientos más oscuros arrastran a los hombres y como en las tentaciones descritas por la Biblia se refleja la historia de una humanidad  que prefiere arrodillarse ante el pan antes de  mantener la integridad del espíritu.

De Ray Bradbury “Las máquinas de la alegría”;  al despertarme leería  el  comienzo del relato “Las vacaciones.

De Tolstoi Ana Karenina, para volver a creer en la libertad del amor y al mismo tiempo desilusionarme en las cárceles creadas por los hombres alrededor de él.

En poesía a Pessoa y ojalá que siempre al abrir el libro al azar apareciera “Un soir a Lima”.

De ilustración La chica de polvo (Jung Yumi). Me alegra tenerlo junto a mí para evocar  cada día la experiencia de la soledad y el volver encontrarse a sí mismo una y muchas veces.

De Yasunari Kawabata Historias en la Palma de la mano para asir con fuerza una o dos de sus frases llenas imágenes, el alimento perfecto antes de cerrar los ojos y  entregarse a soñar.

De Lin Yutang Amor e ironía, esa hermosa colección de ensayos donde se combinan  la fuerza de la escritura y un delicioso y refinado sentido del  humor.

De Virginia Woolf Las Olas para dejarme llevar por la poesía de los reflejos de la luz sobre el mar,  mientras esos amigos que se conocen desde la infancia van creciendo en sueños y en penas. Todo y nada sucede.

Por último de Sei Shonagon El Libro de la Almohada. Un solo párrafo de su diario resume matices y sensaciones tan exquisitas que reviven en nosotros el color de la vida.

Y ustedes, ¿qué libros preferirían junto a su almohada? 

domingo, 21 de abril de 2013

El día en que la Muralla fue mía


Aunque esto no es periodístico (sucedió hace mucho) tengo que contarlo solo para volver a tenerlo en mi memoria. Dice Borges que del recuerdo solo quedan imágenes y palabras. Al menos para nosotros los románticos, esto es suficiente.

Me levanté y  no podía creerlo. Era cuatro de octubre de 2011 durante el festival de medio otoño y por fin, tras dos meses de haber llegado a China, descubrí  que había podido dormir una noche entera. Me despertaron las voces altas y agudas de los habitantes del poblado y sola, abrí la puerta y salí al pequeño caserío. Las mesas de piedra estaban rodeadas de europeos.  Hacía demasiado frío y se veía a lo lejos, entre la mezcla de amarillo y verde de los cultivos de maíz, el amanecer resplandeciente y fino, como una cortina muda que me interrogaba en su silencio.

 El día anterior, después de tomar metro, dos buses y luego un carro manejado de forma ruda por una mujer con el pelo en forma de cresta,  finalmente había llegado a aquel lugar en las afueras de Beijing; más cerca que otro de la Gran Muralla y del cielo con sus estrellas distinguiéndose claras en la noche del tres de octubre. El aire congelaba mi nariz y el vapor del té y el café que tomaban los extranjeros, me despertó de repente a la realidad. Volví al cuarto en el que, como ángeles todos, se agrupaban los durmientes. Mis amigos,  hombres y mujeres, respiraban olvidados del mundo.

Desparramadas, había cervezas sobre la mesa y vasitos del vino que habíamos tomado el día anterior. Porque nunca he tomado tanto vino casero como en esos días. Vino con el desayuno, con el almuerzo, con la comida. Vino porque estábamos vivos o porque iba a escalar o porque simplemente se nos antojaba. El mejor era el de frutas. Las comidas consistían en mazorcas duras y vegetales frescos en mi caso, pescado fresco para los que comían carne. Huevos duros al desayuno con tofu y vegetales picantes que iban a parar a una sopa sin sabor. Panes que se podrían comparar al pan árabe.

Fue ese cuatro de octubre cuando subimos, al menos la primera vez. Comenzamos a caminar para buscar la muralla que pertenecía a todos, aquella por la que no había que pagar para entrar sino que era como la tierra y el agua y  los ríos; toda nuestra en su infinita extensión; como son nuestros esos días en los que sentimos que todo nos pertenece; somos los más jóvenes y los más bellos (más que todas las reinas de belleza y actores del mundo).

Lo único que me impulsaba era subir, tanto que tomé la mano de mi amiga Dian dian y le ayudé a trepar. Y cuando llegamos al final, descubrimos los muros y las piedras quizá dejadas allí por generaciones por los antiguos bárbaros que la atacaban; todo sobre la piedra fuerte que se había elevado y reconstruido por siglos. Para pasar a otros trechos había paredes de  piedras semi-derruidas; como todo lo que no es turístico o está hecho  para turistas exóticos y de pronto, demasiado románticos.

Recuerdo que los primeros en escalar aquel trecho de piedra afilado y levantado hacía las nubes fueron mis amigos Carlos y Adam. La tercera fui yo. Cuando llegué arriba, ya la muralla y el día y todo era mío como nunca antes. No había tenido miedo de caer ni de morir.  Nos tomamos fotos, nos reímos. Tras bajar el muro, vi a una sonriente familia china con dos o tres niños (sus caras se han borrado y solo recuerdo sus sonrisas) . Cuando posaron para tomarse una foto, comencé a llorar.

Al volver a Beijing, la nostalgia me devoraba a pedazos y escribí en mi diario: “Sé que no hay una China real sino muchas, pero ¿cuál es la mía?: Quizá aquella rodeada de blancas estrellas, en la que tomaría té y comería comida picante durante el invierno, y en la que escribiría poemas extraños. Quizá, esa sería mi China". 

domingo, 14 de abril de 2013

Las dos Coreas y una sola


Durante los últimos días, después de Chávez y el Papa, el señor King Jong Um se volvió protagonista de los escándalos mediáticos.  La alarma y la inundación de artículos relacionados con el tema  eran tan grandes que hasta algunos estudiantes me preguntaron si pensaba en la posibilidad de una tercera guerra mundial. Incluso, en un medio,  publicaron lo que pasaría si en efecto el dictador norcoreano decidiera jugar a ser el duro y lanzar sus misiles. Ahora que el escándalo pasó un poco y podemos volver a pensar en lugar de barajar las posibilidades de una guerra sensacionalista y recrearnos en el amarillismo de imaginar bombardeos, la reflexión es la siguiente: los medios (como cosa rara) se olvidaron de los seres humanos. O solo se acordaron de uno: el líder King Jong Un, que como ya nos enteramos esta semana, es el cuarto hijo de King Jom Il, tiene entre veintiocho y treinta años y es en este momento el máximo mandatario y militar del país.

Me imaginó que ver su foto colgada en todos los diarios le causará al hombre una placentera sensación de poder. Será un poco menos si se ve caricaturizado, pero probablemente debe considerar la caricatura un género menor. Mientras tanto y detrás de él, invisibles, hay unos 74.230.285 personas entre las dos Coreas. Sí, los de Corea del Norte tienen lavado el cerebro. Desde pequeños se les inculca el odio a occidente y la mayoría de ellos pertenece al ejército. Los alimentos en su mayoría van para los militares mientras que el resto de la población muere de hambre. Y tienen, se dice, el cuarto ejército más grande del mundo, entrenado, se dice, para morir por su país. 

Corea del Sur, por otro lado, está más abajo, pero también tiene servicio militar obligatorio. Se convirtió una de las potencias económicas más poderosas del mundo (la 13ava por PIB), y uno de los países mejores comunicados y con mayor innovación tecnológica. Acerca de su gente, se sabe que son modernos, preocupados por la belleza y la imagen, inteligentes, amantes de los videojuegos y al parecer libres o al menos  parecen serlo más que los norcoreanos, que en términos de educación, tecnología y moda, se cree que viven en los años sesenta o menos.

Ahora debemos ver lo que tienen en común los seres humanos de las dos Coreas. Primero: Una sangre y cultura antigua común. Las dos recibieron en la antigüedad influencia de las filosofías chinas, las dos desarrollaron artesanía en bronce y en celadón igual o más hermosa que la china. Los jardines, la vestimenta y la deliciosa comida debe ser algo que tuvieron en común las dos Coreas cuando eran una sola tierra.
Otro aspecto que tienen en común, ya no tan agradable, fue la de ser víctimas de invasiones que acabaron y destruyeron la riqueza de su cultura. La última de estas fue origen de su actual división. Esto sucedió tras la Segunda Guerra Mundial cuando Estados Unidos y la en ese entonces Unión Soviética cogieron el pastel coreano y  lo partieron en dos. El Sur se volvió estadounidense  y capitalista y el norte soviético y  comunista.

El comunismo adicionalmente se volvió propaganda de liberación para crear una Corea unida. Corea del Norte intento invadir  al Sur en los años 50 cuando ésta había proclamado su “independencia” frente a Estados Unidos. La consecuencia: víctimas coreanas; chinas que apoyaban al norte y estadounidenses que apoyaban al sur.   Muchos coreanos del sur se pasaron al otro lado de la frontera cuando creyeron en el sueño de ser libres y de repente quedaron atrapados,  y así, en los dos lados, hay familias que se encuentran solo una vez al año en un hotel haber pedido un permiso especial a sus gobiernos. Familias que serían aniquiladas en caso de un bombardeo a Corea del Norte o del Sur. Seres humanos destruidos, así se hayan convertido en robots.

Una amiga coreana decía que le gustaría conocer norcoreanos, ya que para ella, más allá de aquel que los rigiera, tenían sus mismas raíces y su misma sangre. Decía que solo quería escucharlos.

Mientras nuestros medios juegan con una posible guerra, quizá muchos coreanos se consideran simplemente hermanos separados por invasiones y guerras. Pero que cayera el gran muro no le convendría ni al sistema comunista norcoreano, cuyos políticos ricos deben bañarse en oro,  ni tampoco al surcoreano capitalista que entraría en desestabilización por la pobreza del otro lado.

Por el bien de los seres que en uno y otro lado respiran  el aire de esta tierra espero, que King Jong Un, emocionado con la glorificación mediática cuando lanza sus amenazas, no se crea el cuento y lance sus misiles. Podríamos sorprendernos, pero aún hay personas  carentes de inteligencia política y militar, que podrían lanzar a sus esclavos como carnada, a matarse por estúpidos ideales en una guerra sin nombre.
  

domingo, 7 de abril de 2013

El amor a la pantalla

Fui consciente del hecho hace unos días, cuando comencé a desear leer antes de dormir para relajarme y olvidar mis días pesados, en los que dicto clase durante ocho o nueve horas, y si no dicto, debo pensar en mandarín o inglés. Necesitaba un párrafo de algo, cualquier cosa junto a mi  almohada, antes de internarme en el mundo de los sueños. Y justo cuando estaba arremolinada en las cobijas me percataba de algo: no tenía mis gafas. El filtro de cristal que últimamente se ha vuelto parte de mis ojos y  me acompaña día tras día, excepto los domingos en el gimnasio y por supuesto, mientras duermo.

En general, he sido una persona de desapegos con los objetos. Antes necesitaba  siempre una lámpara o una linterna porque temía a la oscuridad, pero el hecho de tener que depender de unas gafas me puso a pensar en lo tanto que podemos llegar a necesitar un objeto. Éstas, en mi caso, son una obligación:al tener que leer y escribir caracteres en el trabajo y como hobbies leer y escribir, mis pobres ojos se entregan al sufrimiento sin ellas.

Sin embargo, seguí pensando en como otros objetos se han vuelto ya tan nuestros que su eliminación nos supone una terrible carencia. Y uno de los principales, que en este momento estoy mirando, consiste en la pantalla, o más bien algo que posea una pantalla. Computador, celular, Ipad; como sea que se le llame; algunos necesitan tanto de ese objeto que ya nada llega si no es a través de él. No tenemos el número de celular de otros porque sabemos que los conseguiremos en facebook. Hay una aplicación para traducir si vemos una imagen en otro idioma, entonces quizá ya no sea tan necesario usar el cerebro. Y si nos perdemos, la GPS nos dirá como volver a encontrar el lugar. Si nos sentimos solos, podemos  abrir el chat y entablar cualquier conversación, así no tenga sentido. 

Me pregunto qué tanto nuestra mirada se ve afectada por una pantalla; si , por ejemplo cuando vemos el humano en carne y hueso,  recordamos la foto donde se veía "divino "en facebook. Mi generación, creo que gracias al hecho de estar en un limbo entre dos siglos, aun no es tan dependiente;sin embargo, cuando empecé a a dictar clase en un colegio privado y los adolescentes sacaron el Ipad para tomar apuntes, me empecé a preguntar qué pasaría si un día todo lo que tiene pantalla dejara de funcionar. Si nuestros órganos e incluso maneras de percibir el mundo se habrían vuelto tan relacionadas con estos objetos que entraríamos en una fuerte crisis existencial. 

He estado leyendo a Ray Bradbury; su novela "Farenheit 451" trata de un mundo en el que solo existen pantallas y música, diversiones y rapidez. Las personas han olvidado lo que es quedarse despierto para ver el amanecer y el olor de una flor. Sus sentidos están supeditados al olvido y a tener todo el tiempo unas conchas de caracol en los oídos que los adormecen con música pero no les permiten escuchar al otro. 

En Farenheit 451 no existen los libros porque no sirven para nada.Tampoco nadie se enamora o o a los pocos días olvida que se enamoró. 

La nostalgia me hace pensar en un panorama igual al que describe Bradbury. O quizá es solo mi fastidiosa dependencia actual de las gafas. O quizá esa sensación de que ya no tengo la libertad de caminar sola sin mirar ninguna pantalla y ninguna cámara que me mire. Es melancolía y de pronto, también,  envidia por aquellos a quienes les basta  la tierra que pisan  y una buena comida para ser felices. ¿Hemos olvidado lo primordial o seremos solo hombres grandiosos que lo son aun más si tienen varios cables colgando de sus manos y orejas?