- A veces uno no sabe si comienza la madrugada o se encuentra bien entrada la noche; los carros llegan como ladrones del sueño, al principio sigilosos, irrumpen de pronto bajo nuestros párpados y se insertan en los tejidos del alma, abrazando el múltiple abanico de posibilidades del cuerpo que flota arropado en las cobijas de su mundo inconsciente. En especial, el carro de la basura, ese gran monstruo que devora nuestros delirios dulces. Hay un parqueadero junto a la casa.
- Construcción, construcciones por todas partes: ruidos como de pesadeces que alguien mueve de un lado a otro, y esa fresa gigante que molesta en los oídos. Máquinas todas, desconocidas para mí porque no logro verlas al escuchar sus ruidos y lo único que hago es tratar de imaginarlas.
- La lluvia, la lluvia, esos pasos afanados sobre el tejado. Y uno queriendo refugiarse dentro del propio corazón de su cuarto, y se consuela escuchando Singing in the rain, mientras piensa en la gente que trabaja en oficinas y toma el Transmilenio en las madrugadas lluviosas. La tormenta, cuando llega, ya no es como pasos afanados, sino las manos recias de un baterista que juega con los miedos alojados en nuestras cabezas.
- Cuando uno está solo, las peleas de gatos le duelen en la columna vertebral; ese irrumpir chillón a las nueve de la noche sobre el techo, mientras uno trata de tomar su avena nocturna y recapitular el día. Pero cuando está acompañado, se ríe de los gatos y continúa hablando de otros temas.
- Al abrir y cerrar el pasador de la puerta que da a la cocina, sobre las escaleras, se escucha, en el segundo piso de una casa cercana, invariable, a un perro de ladrar ronco, digo ronco, porque los perros grandes ladran ronco, al estilo Tom Waits, mientras los pequeños ladran en soprano. Hay otro perro que se escucha en la calle, pero su ladrar es el de un Charlie Parker con gripa, es decir, en absoluta desesperación. He pensado que sería adecuado darle jengibre con miel. Ladra entre las ocho y las once de la noche, o al menos, lo he escuchado irritado hasta que me quedo dormida.
- Al llegar la noche, suenan las voces de personas que animan a alguien en un partido, y en el día, en ese mismo colegio que posee una cancha de fútbol, las voces de los niños llenan el aire. Las campanas de la iglesia se mezclan con las ovaciones emocionadas al ritmo de una música muy animada de una iglesia cristiana. Las voces de mujeres son las más apasionadas y cuando paso al frente de la iglesia, las veo bailar.
- La madrugada suena a lluvia fina, como lentejitas desgranándose en el techo, en un silencio cortado por los carros y la gente que pasa frente al cuarto, con sus dramas contados a la mitad, mientras corren para su estudio o trabajo.
viernes, 7 de abril de 2017
Crónica de sonidos del 20 de julio: I
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Crónica de los sonidos, que buen título. Creo que la narración se siente como un grueso cubrecama de tiempos y curiosidades para arroparse.
ResponderEliminar