viernes, 11 de enero de 2013

Música de puertas

Cuando se despertaba oía la misma música del abrir de puertas y los chorros de agua en los baños. La almohada la ahorcaba. "Tengo que ir, tengo que ir... "  Hiroka, la compañera de cuarto, se desperezaba  lentamente en el idioma universal de la pereza,  aunque en la cuestión de la piel y la moral las dos estuvieran  muy lejos. Luego venía el aire de invierno que convertía su organismo en una roca insensible, hasta que una ducha de agua tibia  la sacaba del helaje capaz de borrar cualquier alegría o lágrima: la risa se petrificaba en la sequedad de los quince grados bajo cero.   Corría hacia la panadería donde vendían aquellas cosas riquísimas; postres de frutas y de queso. Se embutía uno acompañado por un capuchino y pasaba el túnel apreciando el aire congelado, el ruido de los carros y el peso de  caminar en soledad  más de tres cuadras largas hasta la estación del metro. No había pensamiento o si lo había era fugaz. Había solo cuerpo y sensación en esa interminable caminata. En ese ir y venir frente a un montón de caras impasibles que a veces la miraban con curiosidad por ser distinta, hunxue, sangre mezclada.

Y entonces se volvía a despertar de nuevo, al otro lado de aquel mundo, ahora en una cama cómoda pero con muchos ácaros, en un clima húmedo, junto a su madre siempre buena.Eran las mañanas cálidas en las que sus ojos deseaban desaparecer aquellas memorias. En esa frontera entre el sueño y la vida, ansiaba quedarse reviviendo un instante o matarlo de un solo tiro. Ninguna de las dos era posible.

En un solo recuerdo, ella toda, se desvanecía y se volvía pura transparencia.

Su  vulnerabilidad no podía ser atravesada más que por un ángel. 

lunes, 20 de agosto de 2012

Darle bofetadas al destino

Confucio decía que todo hombre superior se vigila a sí mismo, incluso en soledad. Según creo, se refería a que los ritos y normas de comportamiento no solo debían cumplirse en frente de otros sino que debían ser interiorizados. Esta filosofía me encanta, pero me aburre un poco. Me encanta porque Confucio propone en cierto modo un anarquismo; de acuerdo a él un día todos actuaremos de forma tan ordenada que no necesitaremos de instituciones ni jueces que señalen al culpable; no habrá ningún culpable. Me aburre, sin embargo, cuando me doy cuenta de que son las transgresiones y no las ordenadas normas de comportamiento tan atribuidas a este filósofo las que conmueven el mundo, como cuando uno está dormido y un ruido ensordecedor lo saca del sueño. Mis personajes literarios favoritos son muy transgresores: El Jugador de Dostoievski se planta ante el barón y la baronesa con sus comentarios infantiles y juega todo su dinero por Polina, que lo trata con desprecio. Ana Karenina (Tolstoi) se presenta con su amante frente a toda la sociedad pacata se su época. Nastasia Filippovna de El Idiota (De nuevo Dostoievski), arroja todo el dinero al fuego aun a riesgo de lo que pueda pasar, Satoko en Nieve de Primavera (Mishima) lleva el deseo a tal límite que este desaparece y para contrapeso se hace monja budista; ella vive en medio de un mundo hipócrita que ha perdido todo concepto de la conexión entre rituales sociales y verdades profundas.

 En cierto momento estos divertidos personajes dejan de vigilarse a sí mismos, dejan de ser buenos y se entregan al egoísmo de hacer lo que se les venga en gana, aún sabiendo que tendrán que afrontar nefastas consecuencias. Se lanzan al riesgo de vivir o de sentir y dejan todo razonamiento o lógica a un lado. Si lo trasladamos a lo social, fue el hippismo y sus figuras más representativas las que nos llevaron a plantearnos nuevos esquemas y posibilidades. O el nadaísmo en Colombia. O el Marqués de Sade: fue tan al extremo de querer tambalear la sociedad victoriana que aún hoy nos hace sonrojar con sus violencias.

 Parece que el mundo lleva de todas maneras un contrapeso de fuerzas: tenemos que anclarnos en algo, asirnos de rutinas, normas y disciplina para mantener el engranaje de algo que no solo gira alrededor nuestro sino adentro, en la propia cordura y equilibrio mental. Los ritos también alimentan. Del otro lado está el viaje o una mirada o una muerte; algo fuerte que sacuda y destruya toda certeza. Y hay esta la verdadera prueba a la costumbres. Y a la transparencia de los propios, sentimientos e ideas. Me gustan las disciplinas porque dan una base, un saber, pero son solo las trasgresiones, los riesgos que podemos tomar de cuando en cuando los que nos permiten ir más allá de nosotros mismos. De pronto, los hombres que saben vigilarse a sí mismos saben también cuando deben dejar de hacerlo para abrir una puerta, un camino.

 Quizá, Confucio también era un trasgresor, pero nos quedamos solo con la cáscara socialmente aceptada, con la norma, porque hablar de anarquía sería demasiado. “Hubiera debido retirarme entonces, pero sentí en mí una sensación extraña, como un deseo de desafiar al destino, de darle una bofetada, de sacarle la lengua”, decía Dostoievski en El Jugador.