Cuando se despertaba oía la misma música del abrir de puertas y los chorros de agua en los baños. La almohada la ahorcaba. "Tengo que ir, tengo que ir... " Hiroka, la compañera de cuarto, se desperezaba lentamente en el idioma universal de la pereza, aunque en la cuestión de la piel y la moral las dos estuvieran muy lejos. Luego venía el aire de invierno que convertía su organismo en una roca insensible, hasta que una ducha de agua tibia la sacaba del helaje capaz de borrar cualquier alegría o lágrima: la risa se petrificaba en la sequedad de los quince grados bajo cero. Corría hacia la panadería donde vendían aquellas cosas riquísimas; postres de frutas y de queso. Se embutía uno acompañado por un capuchino y pasaba el túnel apreciando el aire congelado, el ruido de los carros y el peso de caminar en soledad más de tres cuadras largas hasta la estación del metro. No había pensamiento o si lo había era fugaz. Había solo cuerpo y sensación en esa interminable caminata. En ese ir y venir frente a un montón de caras impasibles que a veces la miraban con curiosidad por ser distinta, hunxue, sangre mezclada.
Y entonces se volvía a despertar de nuevo, al otro lado de aquel mundo, ahora en una cama cómoda pero con muchos ácaros, en un clima húmedo, junto a su madre siempre buena.Eran las mañanas cálidas en las que sus ojos deseaban desaparecer aquellas memorias. En esa frontera entre el sueño y la vida, ansiaba quedarse reviviendo un instante o matarlo de un solo tiro. Ninguna de las dos era posible.
En un solo recuerdo, ella toda, se desvanecía y se volvía pura transparencia.
Su vulnerabilidad no podía ser atravesada más que por un ángel.