Confucio decía que todo hombre superior se vigila a sí mismo, incluso en soledad. Según creo, se refería a que los ritos y normas de comportamiento no solo debían cumplirse en frente de otros sino que debían ser interiorizados. Esta filosofía me encanta, pero me aburre un poco. Me encanta porque Confucio propone en cierto modo un anarquismo; de acuerdo a él un día todos actuaremos de forma tan ordenada que no necesitaremos de instituciones ni jueces que señalen al culpable; no habrá ningún culpable. Me aburre, sin embargo, cuando me doy cuenta de que son las transgresiones y no las ordenadas normas de comportamiento tan atribuidas a este filósofo las que conmueven el mundo, como cuando uno está dormido y un ruido ensordecedor lo saca del sueño. Mis personajes literarios favoritos son muy transgresores: El Jugador de Dostoievski se planta ante el barón y la baronesa con sus comentarios infantiles y juega todo su dinero por Polina, que lo trata con desprecio. Ana Karenina (Tolstoi) se presenta con su amante frente a toda la sociedad pacata se su época. Nastasia Filippovna de El Idiota (De nuevo Dostoievski), arroja todo el dinero al fuego aun a riesgo de lo que pueda pasar, Satoko en Nieve de Primavera (Mishima) lleva el deseo a tal límite que este desaparece y para contrapeso se hace monja budista; ella vive en medio de un mundo hipócrita que ha perdido todo concepto de la conexión entre rituales sociales y verdades profundas.
En cierto momento estos divertidos personajes dejan de vigilarse a sí mismos, dejan de ser buenos y se entregan al egoísmo de hacer lo que se les venga en gana, aún sabiendo que tendrán que afrontar nefastas consecuencias. Se lanzan al riesgo de vivir o de sentir y dejan todo razonamiento o lógica a un lado. Si lo trasladamos a lo social, fue el hippismo y sus figuras más representativas las que nos llevaron a plantearnos nuevos esquemas y posibilidades. O el nadaísmo en Colombia. O el Marqués de Sade: fue tan al extremo de querer tambalear la sociedad victoriana que aún hoy nos hace sonrojar con sus violencias.
Parece que el mundo lleva de todas maneras un contrapeso de fuerzas: tenemos que anclarnos en algo, asirnos de rutinas, normas y disciplina para mantener el engranaje de algo que no solo gira alrededor nuestro sino adentro, en la propia cordura y equilibrio mental. Los ritos también alimentan. Del otro lado está el viaje o una mirada o una muerte; algo fuerte que sacuda y destruya toda certeza. Y hay esta la verdadera prueba a la costumbres. Y a la transparencia de los propios, sentimientos e ideas.
Me gustan las disciplinas porque dan una base, un saber, pero son solo las trasgresiones, los riesgos que podemos tomar de cuando en cuando los que nos permiten ir más allá de nosotros mismos. De pronto, los hombres que saben vigilarse a sí mismos saben también cuando deben dejar de hacerlo para abrir una puerta, un camino.
Quizá, Confucio también era un trasgresor, pero nos quedamos solo con la cáscara socialmente aceptada, con la norma, porque hablar de anarquía sería demasiado.
“Hubiera debido retirarme entonces, pero sentí en mí una sensación extraña, como un deseo de desafiar al destino, de darle una bofetada, de sacarle la lengua”, decía Dostoievski en El Jugador.